Mi amigo Víctor Cifuentes me decía el otro día por teléfono que la conversa, el nütram que se dice en la lengua de la tierra, es un artículo de primerísima necesidad. No basta con ir al mercado a abastecerse, y por otra parte el mundo no se acaba en la pareja o en la familia. La peste nos ha hecho se supone que colaborar entre culturas, países, ciudades, porque el virus –palabra que quiere decir ‘veneno’ en latín– nos golpea a todos, claro que, como es de esperar, golpea más a los más golpeables.
Que a nadie le quepa duda de que el siglo XXI no es para todos, más son los que viven en el siglo XX, la mayoría lo hace en el XIX, y hay quienes viven en la Edad Media y otros en la Edad de Piedra. El progreso no es progreso en al menos dos sentidos. Uno: no alcanza para todos, solo para una minoría; y sí, lo sabemos, esto solo cambia a través de un enorme sacrificio colectivo. Y dos: no está para nada claro que lo que llamamos progreso esté asociado a una conquista o un crecimiento de la felicidad.
Es cuático hasta lo brígido estar tanto tiempo en régimen de confinamiento. Los duelos se han roto, se han elevado a la segunda potencia. Al dolor de la partida de los nuestros se ha agregado el dolor de no haber podido estar verdaderamente juntos, es decir, corporalmente juntos. Al final el distingo distancia física / distancia social no es tan relevante porque –perdonen la obviedad– somos seres encarnados y la consciencia, y también la conciencia, es, dijera Varela, enactiva. O sea: aunque ser, como todo hispanohablante sabe, es más que estar, para ser primero hay que estar. Copresencia, lo han llamado algunos.
Entonces ese sería uno de los primeros datos de la consciencia confinada: la desencarnación. Clases en línea, talleres en línea, videollamadas con amigos y colegas, mucho, muchísimo teléfono, deseando que la conversa no se corte. Y también, no se puede negar, juntas selectivas que rompen el cerco. No sé si se ha leído más, pero el sexo se ha hecho más necesario que nunca. Ítem, caminatas por el borde. Hay cosas que no se pueden concebir sentados, en un espacio cerrado. Tienes que ir a la intemperie para dimensionarlas. O bien emergen de la conversación, que es otra forma de intemperie.
Y si no es presencialmente, ¿entonces cómo habremos de reconstituirnos? Excelente que estemos explorando más que nunca el potencial de la conexión virtual, pero falta la otra, la conexión enactiva, encarnada, la copresencia real. Y para más remate el tic autoritario del gobierno chileno no tiene para cuándo cesar, está dispuesto a tenernos con toque de queda hasta el 2022. Condición macabramente ideal para que los y las candidatas a convencionales constituyentes sean elegidxs a dedo entre las cúpulas de los partidos.
Nadie es tan ingenuo como para creer que una nueva Constitución lo va a arreglar todo. Como decía Juan Luis Martínez: solo es la base pero es la base.
Si detestas que sea siempre una élite la que corta la torta del poder, de la economía y de los medios, entonces vincúlate con otros, no te atomices, oponte al nihilismo. Las instituciones democráticas no son de ellos, son de todos nosotros y es nuestra la responsabilidad de reinventarlas. Que los tribunales de justicia no funcionen no quiere decir que la justicia sea siempre un imposible absoluto. Que la subremuneración de los trabajadores sea una norma tampoco la convierte en una ley natural. Que por las pantallas de los medios solo veamos caras procedentes del 5% más rico de la población, no significa que todo el resto sea mudo e incapaz de pensamiento crítico. Que los empresarios estén acostumbrados a contaminar y arrasar con la vida, no tiene por qué ser la consecuencia inevitable de toda forma de producción. Si no te convencen, no los apoyes, no les compres, pero no por ello abandones lo político.
Conversemos,
deliberemos, decidamos, actuemos. Al igual que la acción política, la
conversación es un artículo de primerísima necesidad. La conversa es nuestra
intemperie.