sábado, 30 de abril de 2022

CONVICCIÓN

‘No convicto sino convencido’. O al convexo roedor: ‘no con vencidos sino con victorias’. Un eslogan es otro eslogan es otro eslogan. Un búmeran afilado, de borde aserrado como la retina. La falla del convencimiento es que hay un convencido y un convencedor. De esa falla en la pared se descuelgan sueños, monstruos, razones.
    Donde los sueños de los monstruos razonan por fin lo que aquí quedó demasiado sazonado, y por eso incomible, y por eso únicamente los monstruos duermen en paz. Y donde el engendro que se precipita en la pintura de comedores de papas y frutos extraños, desencadena una serie de iras capaces de despertar de su profundo sueño al monstruo de la razón: un águila imperial.
    De las serpientes,
    caravanas de polvo se levantan sobre un océano a destiempo.
    De víboras negras,
    un año con su veneno a través de un océano a destiempo.
    Y de la gallina que el gavilán desgarra y devora,
    sólo plumas que el viento esparce en el desierto.

*

Peligro: Defensores de la paz.

Torturan a Abdel para que declare que Mahmud es un terrorista. Luego ordenan a Michael dirigir un dron para que elimine a Mahmud desde una escalera de Jacob. Y a ese dios llaman seguridad.
    Signature strikes. Ataques distintivos de los drones. ‘No civilian casualties’. Las comillas, los colmillos. ‘Who are we actually targeting? Or spying?’ Un dron dispara cuatro misiles hellfire contra una jirga, una asamblea de ancianos en la ciudad de Datta Khel. Mueren cuarenta y dos personas. Ataque distintivo. Los aviones no tripulados despegaron con el siglo, Blanco y Negro unidos; ciento setenta y ocho niños asesinados en Pakistán y Yemen, y contando. El ejército de los invasores en lo que va de siglo, y esto no es poesía. La guerra continúa, si no allí, allende, entre los defensores de la paz y las víctimas de los defensores de la paz.

*

Decía el río Gómez Morel: ‘Un artista debe maravillarse frente a lo más cruel o más hermoso. Sólo así surge el creador’. Pero, ¿maravilla lo cruel?
    Lo decía en algún punto de su camino al mar. Lo decía en aguas turbias que el dolor precisa con turbadora claridad. ¿Pero maravilla lo cruel?
    Silban los trenes de la noche ‒las cañerías de los bloques que a esta hora son tubos por donde el cielo alcanza a contratiempo la memoria–. Hay una parte que la razón traduce y en parte malversa, una parte de sueño que en parte se escapa y en parte nos engendra.
    Convección con vicio. ‘Toda disociación engendra monstruos. Sueño y razón están disociados. Los sueños de la razón engendran monstruos…’
    Silogismo sorprendido, ¿en qué punto divergen la obsesión y el método?

*

La obsesión: Saludar.

Desapareció la familia guarén que vivía junto a la estación de metro. Podaron los arbustos y les colocaron trampas de veneno. No aparecieron más, a pesar de su número y tamaño. Una familia guarén que chillaba y corría por el borde de una casa semiderruida o se asomaba por la alcantarilla o sin que uno pudiera distinguirlos bajo el ocre espeso de los postes de luz agitaban los arbustos y se fondeaban entre las matas oscuras, chillando una vez, cortito, y luego el silencio de los autos que de vez en cuando suben y el barullo mental de los que suben a pie, de vuelta del trabajo, con un pack de cervezas, ‘chao, don Guaris, doña Rengua y todos los guarisnaques chicos…’

*

El método: La insurrección.

El rumor del mar son los rumores de la ciudad. Los restregones azulgrís del alba en las brumas y la multitud vibrando. Brillando entre lo negro. Una ciudad con orilla a océanos fríos y anchos ríos templados, sobre los que cortan vientos y trenes por todo el cuadrante. No se oyen mirlos ni zorzales ni guarenes pero el tiempo corre, corre en su rueda la rata-dinero de la Cosmópolis. Por ejemplo, 22 mil millones de guarenes agolpándose contra los autos y los coches. No estaría mal, en forma de pago.


En Lo concreto & lo azul (Fértil Provincia, 2021)

domingo, 3 de abril de 2022

EL SÓTANO

El sueño

Hace poco más de un año tuve un sueño que todavía no entiendo. Sucedía en una casona de tres pisos, uno en superficie y dos en el subsuelo; yo estaba en el primer sótano. Había allí un grupo de unas veinte o quizá treinta personas, de edades que iban precisamente de los veinte a los treinta años, mujeres y hombres. No sé si debiera decir que eran conscriptos o milicianos de algún tipo, el hecho es que usaban uniforme y llevaban armas. Yo me deslizaba bocabajo por una rampa que comunicaba con el sótano inferior. Era una pequeña sala con estanterías, una especie de biblioteca abandonada que contenía libros, cuadernos, carpetas, todo empolvado. Más que nada la miré y quizá, no lo recuerdo bien, abrí una libreta. Volví al sótano superior y me encontré con una mujer, baja, vestida entera de negro. Era ciega. Con ayuda de poleas y cuerdas, ahora fue ella la que comenzó a bajar hacia el segundo sótano. Supe que lo hacía para recuperar algo que se me había perdido y aunque ya sabía qué clase de objetos había allí abajo, no tenía la más mínima idea de qué era ese algo. Al poco rato salió y me lo entregó: un cuaderno café del tamaño de una mano. Estaba claro que no era el objeto en sí lo importante sino lo que allí estaba escrito, o dibujado. Mejor: lo importante era lo que ese cuaderno decía. Me sentí arder de la emoción, de gratitud, y nos abrazamos.
    Soy reacio a la idea de interpretar los sueños. ‘Este sueño significa que…’ No, no hace falta, eso equivale más bien a hacerle el quite al sueño. Un sueño se siente, sucede, es real, también es real, todo está allí, más claro y a veces más verdadero aun que las apariencias diurnas. Digo que todavía no entiendo ese sueño por lo que pasó después.

La escuela

Hacía veinte años que no había vuelto a vivir en mi ciudad natal. Solía venir a visitar a mis abuelos más o menos cada dos años, pero ahora era distinto, había arrendado una cabaña en la costa y buscaba urgentemente un trabajo. En una de mis habituales caminatas o vagabundeos por la ciudad, pasé frente a una casa ocupa, una casona a decir verdad, afuera de la cual había una mesa con libros a la venta. Sentada a un costado se hallaba una mujer pelirroja, tejiendo, rodeada por tres perros. Me detuve a revisar los libros, casi uno por uno, hasta que seleccioné uno de Óscar Castro. Le pregunté cuánto costaba y recién entonces me di cuenta que era ciega. Su rostro era hermoso y su voz, enérgica. Nos pusimos a conversar y me contó que en la casa enseñaban castellano a los inmigrantes haitianos y creol a un grupo de chilenos. Retuve el día y la hora y nos despedimos hasta la semana siguiente. Se llamaba Paula.
    El día de la clase yo andaba con una bolsa grande de verduras. Me abrió la puerta una joven embarazada que me indicó el camino. Subí al segundo piso, lentamente, sudando de calor y timidez. Una profesora –después supe que se llamaba Daisy– de baja estatura y vozarrón descomunal se movía de un extremo a otro del salón formulando preguntas y respondiendo las dudas de los veintitantos haitianos sentados alrededor. Colaboraban con ella otras cinco chilenas: Miriam, Pamela, Paola, Lucía y la mujer del sueño, Paula.
    Así que me sumé. O me multipliqué. O nos elevamos más bien a la potencia de lo que allí pasaba, de los que allí nos encontramos, de lo que allí fuimos haciendo pasar. No olvidar: la poesía hace que sucedan cosas. Como yo también soy profesor, me vi de pronto haciendo clases de castellano, sesiones que había preparado para 3° y 4° medio, esta vez con un bendito margen de digresión sí, porque allí es donde florece todo, en los intersticios, de lo imprevisible. Me escucharan mis empleadores, este hippie irresponsable, dirían, siendo que el fenómeno de la vida no es más que improvisación, todo lo demás es repetición, monotonía ominosa donde no hay nada que aprender, donde nada enseña, pues el placer ha sido desterrado.
    Alfabeto y pronunciación, saludo y presentación, vocabulario de lo circundante, nombres de emociones y herramientas, ejercicios autobiográficos, ensayos de entrevistas laborales, historias de Haití y Chile, algunos documentales y canciones, lecturas varias. Por ahí nos movíamos. Conjugamos el verbo cantar y escuchar, ser y comer, ir y venir. Escuché una melodía que tal vez era compas, un ritmo de guitarra que me comía los pies, durante meses fuimos a la casona hasta que vinimos a parar a otra y luego a otra. Diversidad solidaria. Las compañeras, anarcas unas, cristianas otras, feministas y ecologistas todas, traficaban comida y ropa, los acompañaban en los trámites y en la búsqueda de trabajo, acarreaban esto y lo otro y lo de más allá.
    Cómo tocaba guitarra Télémaque, sentado al borde de un pupitre en medio del salón a oscuras –a veces fallaba el cableado–. Muy alto y fornido pero con una voz suave y podría decirse que sonriente, una voz sonriente. Nunca había escuchado a alguien tocar así, y eso que por estos lares una de cada dos personas tocaba la guitarra y eran tantos los que se paseaban por cuecas, rancheras, boleros, cumbias, tangos, sones, bossanovas y cuanto ritmo latinoamericano existe. Me recordó el blues, las canciones de trabajo de los negros norteamericanos, aunque luego se hacía baile, un compás de baile en do mayor.
    Como a veces hablábamos en francés con los haitianos, se armó un grupo de chilenos que quería aprenderlo, así que antes de las clases de castellano empezamos a hacer un curso de francés, o como suele decirse en estos casos, la lengua de Montaigne y de Césaire, de Tadjo y del pequeño gran Rimbaud. Un día llegó a estas clases una chica que me contó que en su instituto necesitaban a un profesor de francés. Las clases debían haber comenzado hace un par de semanas, de manera que era urgente. Me presenté, me entrevistaron, conseguí el empleo. A esas alturas el sueño de la visionaria mujer ciega que había recuperado para mí un cuaderno color tierra desde el sótano de una casona, me parecía no sólo premonitorio sino una verdadera llave maestra que me iba abriendo puertas. Cada vez me sentía menos extranjero en mi ciudad natal, aunque claro, no podía ser azaroso que ahora formara parte de un colectivo de inmigrantes –Melodie Compas se llama– o que me ganara la vida enseñando una lengua extranjera.
    Sin embargo ese cuaderno decía algo más. Cómo es que fue a parar a ese sótano. Qué era exactamente lo que había en él, es decir, qué era en definitiva lo que yo había perdido. Sea como fuere, lo crucial seguía siendo esto: para encontrarlo era preciso ver de otra forma, no mirar con los ojos, sino ver en el corazón de la oscuridad. Para encontrarlo hacía falta perder la certeza. El cuaderno eran los otros, las compañeras que arrancaban las telarañas del egoísmo y convertían lo abandonado en una nueva morada, no tal o cual recinto en particular, porque todo recinto es a la larga un espacio delimitado por muros y puertas, no era una casa, era la llave que las abre. Espacios abiertos donde nadie es realmente un extranjero y todos somos, en cambio, igualmente diversos, extrañamente semejantes.

La aparición

Una noche que volvía de mi nuevo trabajo en micro hacia la costa, vi lo que no podía ser visto. O creí ver o quise ver, de acuerdo. Esquizo de querer creer entrever qué. Era una mujer muerta, una mujer que había visto en la ciudad hace varios años, poco antes de que fuera asesinada por un tipo al que ubicaba porque habíamos estudiado en el mismo colegio. Ella era dos años mayor que yo. Él, dos años menor, creo. Esa noche y las siguientes intenté describir lo que vi.
    La carretera de la costa es una calle estrecha, casi como la de una villa, que bordea el río hasta su desembocadura. Allí sigue hacia el norte asomándose sobre las playas desde la ladera de los montes. Fue allí donde la vi por segunda vez. Un auto estacionado en la berma de la carretera, de noche, con las luces rojas encendidas. La conductora se baja y pasa por la parte trasera en dirección a un camino lateral de tierra. Yo vengo sentado a la ventana en un bus que al acercarse la ilumina por un par de segundos. Pelo castaño y crespo, con el cuerpo entre dos extremos: ni alta ni baja, de unos treinta y tantos años. Viste una gabardina color arena y lleva terciado un bolso al parecer de cuero.
    Las luces del alumbrado público, detrás de la niebla, parecen hortensias amarillas. Poco antes de ver a la mujer alcancé a leer un letrero que decía FIN RESTRICCIÓN (ya se podía adelantar). El camino de tierra por el que la mujer iba a adentrarse era una cuesta donde unos metros más arriba alcanzaba a leerse otro letrero, esta vez de madera: LAS TRANCAS. Más arriba estaba la noche oscura de la montaña y más arriba, la noche azul de la niebla.
    Tengo que escribir su reaparición, me decía y volvía a la carga, este invierno, tengo que resucitarla este invierno, el decimoquinto invierno después de su muerte, tal como la vi algún tiempo antes de que el tipo la matara, o como la vi este otoño, sobreviviente, ya madura, anónima, bajando de un auto estacionado en la berma del camino. Porque el tiempo no la ha matado. A través de la lluvia la veo, desde el asiento de una micro que viene orillando el río en dirección a la desembocadura. Su silueta pasa frente a las luces de estacionamiento, una silueta achurada por diagonales blancas de lluvia a contraluz. El leve movimiento de su bolso. Se adentra por un camino de ripio y tierra que sube hacia el monte. En el barro brilla la luz cobriza del alumbrado. Lo delirante de todo esto es que yo sé que esa mujer fue asesinada en los jardines de la principal universidad de la ciudad.
    Los borradores los escribí a mano. La verdad, no sé bien por qué. La parte visible: la relación biográfica con el computador, o con el pulso del trazo, o las diferencias materiales y espaciales entre uno y otro soporte, o incluso el secreto, o los distractores de la conexión, etc. No, es otra cosa. Pensaba en esa novela incompleta que encontraron en el maletero del auto en que murió Albert Camus y en el tiempo que les tomó a sus hijos descifrarla, aparte del triunfo que les costó decidirse a publicarla. Si el auto se hubiera incendiado no habría habido respaldo, ni en la red ni en una memoria externa; desapareció y desapareció nomás. Sólo las alusiones orales o algún comentario al pasar en una carta.
    Cavar, escribir a mano se parece a cavar. O a hacer un surco en el suelo sin saber si es arena infértil o tierra negra y húmeda o tan sólo la cicatriz de un hachazo en el cemento.
    Su foto era mi fondo de pantalla esos días. La publicó un medio local después de su desaparición. Es como una Gioconda, no por la sonrisa, que no existe, sino por ese aire de premonición de un destino trágico que uno a veces cree percibir en los retratos de quienes han sido asesinados. Es una foto tipo carné pero no creo que haya sido la de su cédula de identidad. Como sea, se la tomó por necesidad, diría que en la segunda mitad de una mañana o después de las cuatro de la tarde: su lucidez es extrema y no tiene rasgos de recién levantada ni de sopor después del almuerzo. Hay en su cara la perfección enigmática de unos ojos que parecen hojas tersas y afiladas, mentón fino y pómulos amplios, color de rosa y canela su gesto serio, pelo corto castaño oscuro ondulado, y unos labios gruesos de sangre amada. Su cuello, acorde a su belleza, es un tronco recién florido cuyas frutas, terrosas, me miran imperturbables y sin embargo heridas de augurio, desde un cuadro con fondo blanco en el centro de la pantalla.
    Esto lo escribo a mano, quiero decir, lo escribí a mano, sin ver su foto. Eso debe ser escribir a mano, supongo, algo muy parecido a escribir sin luz.

Digresión y regreso

El país de mi infancia era un frente con un solo ejército. En lenguaje castrense (castrante) nos hacían desfilar por Valdivia a los niños del jardín, teníamos 4, 5 años, y nos llevaban con cotona por la calle principal y alrededor de la plaza, de momento en tropel pero más tarde, en el colegio, había que llevar el paso, a la izquier y a la derré, todos con uniforme: vestón azul, pantalón gris, camisa blanca, zapatos negros, corbata azul, pelo corto, mirando hacia dentro en las curvas los que iban por fuera y hacia fuera los que hacían de eje a un costado de la vereda, así el batallón, o curso, nunca miraba a su alrededor. A los 9 años desfilé por última vez.
    Una tarde, antes de entrar a 1° básico, fuimos con una tía y mi hermano al cine Cervantes a ver una película sobre la primera guerra mundial: Sin novedad en el frente. El protagonista era un estudiante alemán que decidía marchar a la guerra, un aficionado a dibujar pájaros que cometía el error de intentar hacerlo dentro de una trinchera, durante lo que él creía una tregua. Para no perder de vista a su modelo, alza demasiado la cabeza y se la vuelan de un tiro. Casi todos sus compañeros corrían la misma suerte. Moraleja no, advertencia: en un mundo militarizado, copado por los cascos, no hay lugar para pajarones.

El malestar difuso

El presentimiento de una pesadez, cada vez que paso cerca de ese colegio. Ser contemporáneo del momento en que uno nació es harto más difícil de lo que parece. Uno se tarda décadas en ir entendiendo lo que pasaba entonces allí donde uno nació, en mi caso Valdivia donde, por anagrama, vi la vida.
    Y más: lo que estaba pasando en tantas otras partes del mundo. La dictadura; la casa de torturas al lado del Instituto Comercial en el que estudió mi padre a comienzos de los 70, aunque una década después no sospecháramos que allí se torturaba; tampoco entonces supe, mientras estudiaba en el Instituto Salesiano, que el director del ciclo básico había abusado sexualmente de compañeros de cursos superiores. El mundo al revés, así se llamaba la obra. Aquel tipo era cura y usaba una rigurosa sotana negra, a su modo era otro milico más, de hecho todo indica, ya en este siglo, o debiera decir ¡recién en este siglo!, que el curita era nada menos que un colaborador de la CNI.
    La opresión se sentía en la infancia por oleadas de angustia bien precisas: un desfile con las canillas al aire, zapatos negros, cotana beige, foto en blanco y negro del curso desfilando frente a la plaza de la República. O esta otra, un corto: expulsión de un día por haber dado vuelta los bancos de cemento de la plazuela frente al colegio, y más encima ordenada por el ceneta violador. El mundo al revés, pero en mala, no como en los carnavales.
    Esa opresión también se sentía de manera difusa, o más bien, como el bosque que impide ver los árboles, estaba en los afectos y en la conducta de todos, en la manera de hablar, basculando entre gritos y susurros, por todas partes. Claro que lo que ocurría más allá no era tan distinto. La guerra fría, cuya glaciación por lo demás nunca ha retrocedido; más dictaduras; una amenaza de guerra con el país vecino. Es lo que decía Adrienne Rich: no hay conocimiento finito, no hay tal descanso. La comprensión del momento histórico no tiene fin, quizá no está de más recordarlo, la memoria del presente es inabarcable, nuestros puntos de referencia, nuestras señales de ruta son sólo eso: una parte mínima, la recreación de una parte ínfima de un largo recorrido entre millones de largos recorridos.

Aurelia

El problema es que uno sabe que ese túnel se llama Aurelia. El problema es que todos somos el país, no está allí delante, no son los otros, no es sólo el dique ni sólo las aguas. Yo veía la lluvia subir por las paredes del casino la noche de su muerte. Un amigo estaba haciendo rimar ‘cochiná de país’ con ‘cara de cicatriz’; lo leí en el celular. Tal vez es que se nos ha pegado un mal olor, quién tiene más, deseo lo mismo, ah el programa existencial: matrimonio, guagua, auto, televisor de mil pulgadas, el sueño de la casa propia, y el resto que se catalogue. Sujetos al capitalismo, o sálvese quien pueda. Qué caldo de cabeza. No hay asesinos justos, sólo asesinos malvados. El problema es que uno sabe que ese túnel se llama, digo por Nerval, Aurelia.
    Por qué se me apareció ella, así, con esa insistencia cada vez más viva, por qué ella y no otra de las tantas mujeres asesinadas por hombres en esta comarca, o en este país. Compartíamos un espacio: la universidad. Aunque no estudié allí fui muchas veces con amigos a caminar por el jardín botánico de la universidad, especie de reservorio natural a la germánica, pero lo mejor desde luego era ir con una amiga al arboretum, otra macedonia de árboles a escala bosque-con-senderos, sólo eso. ¿La universidad es el jardín y la ciudad es el bosque? No, la U es el jardín de la ciudad, el bosque es la prehistoria paralela.
    Lo que nunca quedó claro es cómo pudieron tardarse días en encontrar su cuerpo, en un jardín, no en un bosque, y a no mucha distancia del lugar en que se le había perdido el rastro. El asesino participó de la búsqueda. Pero él solo no habría bastado para desorientar al grupo de compañeros ni a la policía que rastreó el jardín.
    Quizá sólo se les pasó, sencillamente no la vieron. Lo que nunca quedó claro en realidad es otra cosa. Qué llevó a ese hombre a golpearla y estrangularla. Un arranque de celos, sintió herida su virilidad porque en algún momento ella lo rechazó, se pusieron a discutir después de haber estado bailando, quizá ella lo detuvo afuera, en el jardín, cerca del río, él quiso ir más lejos en la erótica y ella lo detuvo, no quería, entonces él se enfureció, o bien estaban conversando y como ella no salía con él y tal vez estuviera saliendo con otro, él se puso celoso y entró en cólera. Qué caldo de cabeza.
    El problema es que estudié en el mismo colegio que el asesino. Es evidente que la mayoría de egresados de ese colegio no ha asesinado a nadie, pero la cultura de la época y la de ese colegio sin duda, eran una buena fábrica de ese tipo de carácter. Para empezar, la educación separada por sexos, ideal para fantasmagorías con el otro sexo. Yo había visto su sonrisa algo idiota, creo que era scout y un amigo de infancia también lo era, los había visto juntos alguna vez, con esa indumentaria que era otro uniforme en aquel tiempo de uniformes.
    La imagino a través del recuerdo de una chica en Francia con Schneider, tarde de verano a mediados de los noventa, es ella y no, en la vereda, más morena que en la foto (sólo conozco una foto de ella) y sonríe, estaba sonriendo, percibo ahora su voz, el color de su voz, siempre veo roja su voz, y el temblor de su voz en la risa, abrigo morado, o era una parca morada.
    Allí afuera, enmarcada por el umbral de la entrada al casino, le chispean los ojos. Detrás brillan las goteras al borde de un pasillo techado, y los charcos, y quizá también los ojos del hombre que está de espaldas, conversando con ella, riendo. Había onda entre los dos y dentro de esa onda había otras ondas cada vez más pequeñas y veloces, como frases que ambos estuvieran diciendo sin pronunciarlas, casi sin escucharlas. Se gustaron, ese momento los atrajo afuera de la fiesta, en una pausa que les pareció soledad y silencio, aunque sólo estaban a unos metros de la entrada.
    Las ondas pequeñas y veloces eran lo bastante nítidas para que ellos mismos las hubiesen escuchado, si la música, la calentura, el baile, la cháchara, la lluvia, la noche no los hubieran tenido ya tan imantados que no era posible mirar atrás, o sencillamente haber mirado en dirección al suelo un instante y ver ahí, cerca de los pies del tipo que ahora le hablaba sin parar, ojos desorbitados, con muchos dientes, la lluvia subiendo por las paredes del casino.
    A orillas del río, entre árboles exóticos, el zumbido de la fiesta sonaba como un grito ensordecido que no consigue salir de la garganta.

El cuaderno

Hace unos días encontré un cuaderno café en una caja de cartón. Hojeándolo, descubrí la primera anotación del sueño, de hace poco más de un año. En lo esencial es como lo describí al comienzo, excepto por el hecho de que en ninguna parte anoté que fuese un cuaderno lo que había sido rescatado de ese sótano. No hay final, aquí lo dejo pero este sótano en realidad no tiene fin:
    Lo soñé ayer, domingo 7 de enero de 2018, por la tarde. Estoy en una casa grande, con un patio que la rodea. Hay una especie de salón en el sótano y algo como una rampa que conduce hacia un espacio todavía más subterráneo. La entrada es muy estrecha, así que entro arrastrándome. Allí veo una mesa y una cómoda en la que sé que hay cosas mías, no recuerdo bien qué pero para mí es un gran descubrimiento. Por algún motivo no las saco. Salgo de ahí y creo que me encuentro con mis padres. Enseguida llega un grupo de militares, hombres y mujeres, todos muy jóvenes. Les pido que me ayuden a sacar eso que he descubierto allí abajo y acceden a hacerlo de buena gana. La tarea se transforma en una aventura digna de especialistas, veo que una mujer pequeña se desliza hacia abajo amarrada a una cuerda y al poco rato sale con… eso. Es muy extraño que todo gire en torno a algo que no recuerdo, de hecho ni siquiera sé si en el sueño sabía qué era eso que había allí abajo, como enterrado u olvidado. Abrazo a esta soldado vestida de negro y le agradezco vivamente su ayuda. Casi llora de felicidad. Al separarme de ella me doy cuenta que tiene los ojos blancos, es ciega. Todavía siento nuestro abrazo y presiento incluso que algo podría surgir entre nosotros. Luego vuelvo a ver el salón, grande como una sala de pool y prácticamente vacío ‒no veo más que unas bancas donde están sentados los soldados‒. Entonces me dirijo solo hacia otro sótano, no sé si el mismo de donde la Homera ha rescatado eso, ese eso de ahí. En realidad es más amplio, puedo caminar por este espacio. Hay unas estanterías. Estoy investigando qué hay ahí cuando de pronto toco un bultito negro a la altura de mi cabeza, es un murciélago y se echa a volar. Me angustio, intento sacármelo de encima pero no doy con él. Me toco la cabeza, lo siento agarrado allí, estoy intentando sacármelo cuando despierto.


En Lo concreto & lo azul (Fértil Provincia, 2021)

ALBRICIA Y ALBEDRÍO La aventura de la consciencia en Elsa Morante, poeta   A la memoria incalculable de cada niño muerto en las guerra...