La vera
anarchia non può ammettere la violenza. L’idea anarchica è la negazione del
potere. E il potere e la violenza sono tutt’uno...
È uno scherzo uno scherzo tutto uno scherzo!
(cantan los pájaros)
Elsa
Morante, La Storia
Laten
las primeras estrellas. Y los naranjas dorados, los violetas, los verdes agua
de las rosas y verbenas en el pastizal, todos laten ahora en la memoria. El
camino del miedo conduce hacia el camino del valor. Te veo volar en medio. Eres
una niña del barrio y tal como otras niñas de otras épocas en este mismo barrio,
llevas en ti la calma que has conquistado cada vez que atraviesas la escena del
crimen, los estratos de la historia. De la emoción a la violencia, de la
violencia al dinero, del dinero al arte, del arte a la emoción, de la emoción. Por
qué tendría que dar esa vuelta, meterse por allí, acabar así. Porque hay celos,
Agamenón, hay envidia, Caín, hay territorios y dejaste tu basura en mi patio, o
me quitaste una isla, porque te pasaste de la raya, la cancha la raya quién, y
sin paciencia. No hay pacifistas, solo pacificadores. Y te quité el fierro y lo
tengo guardado y si te metes conmigo. De la emoción a las palabras, o de las
palabras se alza algo. Morada. Blanca y azul oscura, de la calzada a los cables
y de los cables pasó justo junto a nosotros, con alas. La dignidad de unos no
se alza sobre la indignidad de otros. Por obra y gracia de las grietas, el
primer brote vuelve, vuelve lo que nunca es igual a sí. Como un celaje pasó la Golondrina.
El oxígeno cruza los alvéolos hacia los capilares, mientras el dióxido de
carbono realiza el pasaje inverso. ¿Qué vale esta incertidumbre, ese
intercambio? La travesía de las presencias, lo que unas cuantas fotografías.
Escritura
de la luz de la estrella sobre tu casa, de las buenas tardes y la conversa, de
los perros y los gatos, de la basura por las calles, de las voces insultantes, de
las flores, de las ventanas entreabiertas a las historias de la gente. Las
luces de la gente, dices. El vecindario como una isla no aislada sino vecina,
también ella, de otras islas, islitas, el corazón visible, el no olvidado
animalillo. La tierra no nos pertenece, dijo un viejo este Invierno por aquí a
la vuelta, se la pedimos prestada a nuestros hijos.
La
tienda de árboles en la ribera del río se convirtió en nuestro laboratorio. La
felicidad, que no es de este mundo, era simplemente una luz en forma de río. ¿Dónde
está? ¿Y ahí no estás tú?, la niña que anda a patita pelá entre el zumbido de
los saltamontes, blancos o pajizos o verde claro. La mensajera que prefiere el
microscopio al catalejo, pero que ante la catedral de la ciudad y las dos
primeras estrellas latiendo en lo azul oscuro, allá, aquí, en el río del cielo,
solo tiene ojos para ese par de estrellas, esos ojos. Para qué sirve una
catedral, el pináculo de una catedral, sino es para incrementar el sentido de
la altura veloz por la que se precipitan, hacia afuera, hacia la noche sinfín y
constelada, tus ojos.
Una
ingenua serie encantada de episodios de una vuelta. El del rosal naranja dorado
abriendo su gran mano a la izquierda de la puerta de entrada, y sobre los dos
pisos en fachada continua de la cuadra: Venus Wüñelfe, Afrodita Yerpún, el
planeta estrella negra. ‒Y el de la playa de estacionamiento donde una mujer en
la cincuentena con chaleco reflectante refunfuña, No, ha estado malo el día,
apenas he juntado pa comprar el pan… no, ya pues, señora, si ya le paseé a los
perros, no ve que tengo otras cosas que hacer… libre, libre, ¡libre! ‒Y el de
un perro grande color manjar, cuartos traseros lentos y algo de canas en el
hocico, Calzón Roto, lo estás llamando, Calzón Roto, y viene trotando desde una
Araucaria hasta una Lila, dos cuadras, para aparecer luego a dos casas del
nieto de Pobre Hígado, nuestro proveedor clandestino de compotas de manzana.
Doblamos
por calle Mollenhauer. No vimos ni escuchamos a ningún tallador de cuencos de
madera, pero sí nos saludaron un par de hermanas al salir de su casa-peluquería.
Calle de casas pareadas y un solo piso. Calle de la mujer que solía estar
sentada, sola, vestida de blanco, bajo el cobertizo de su casa. Sufrió una detención
neurológica y pareciera que ahora solo su observación se mantiene en
movimiento. En este tramo no hay flores, nada más que los puntos suspensivos de
su mirada, siguiéndonos.
Doblamos
por esa placita en donde los municipales perdonaron la vida al Álamo, pero talaron
el Abedul. Un arboricidio en plena Primavera. El árbol vivía allí desde antes
de la existencia del barrio, era un caballero de alrededor de 80 años. No fue
decisión colectiva; aparte de los ejecutores, no han de haber intervenido más
de tres personas. En las hojas luminosas del sobreviviente se oía la canción de
los dinosaurios diminutos, es un juego un juego todo es un juego. La
sonrisa leve de un vecino, una cierta gratitud de la vecina que no quiere ceder
demasiado a la alegría, y sobre las ramas del sobreviviente la música de unos
pájaros exiliados del bosque que llegaron a este álamo para decirte que es
un juego un juego todo es un juego.
Pero
el bosque desaparece como desaparecen las horas para jugar. Maldecido está mal
dicho, maldito maldiciente, dijo por aquí a la vuelta un malhadado a otro
malhadado. La Historia en cuanto maldición, la Historia en su calidad de
organización criminal, un lúgubre memorando que se apodera incluso de la
Geografía. Los hebreos, por ejemplo, que en tiempos del Hombre en el Castillo
eran los plebeyos de los plebeyos, en tanto los arios –palabra de significado
tan incierto como ‘éter’ o ‘humor’– se pensaban y sonaban como condes o
barones. Pero, siempre siempre, hay los plebeyos de los plebeyos de los
plebeyos. (Palestina.) (Kaweshkar.) (…) No solo eso. Al interior de cada
comunidad histórica más o menos étnica también habrá jerarquías y, siempre
siempre, grupos que no inspiran confianza y que acabarán siendo tenidos por menos
que humanos. Piojos. Grieta entre la gran historia y la pequeña historia que
rema contra la violencia, la violencia de usar la vida en lugar de vivirla. Se
puede ser protagonista, agente de brillo, burócrata virtual de la historia,
pero no, al mismo tiempo, protagonista de la vida.
Había
una vez (ahora mismo) un matemático que repetía a quien quisiera escucharlo que
tan solo el 5% de la materia total de los seres vivos era silvestre, el 95% restante
eran (ahora mismo) sapiens y sus mascotas y su ganado. Esta vez los que
gatillan una ‘solución final’ no son tan distintos de los de esa vez ni de los
de aquella otra ni de. El poder y la violencia, dice el libro que sacaste, son
una misma cosa. Lo que no ha impedido, por obra y gracia de no sé qué ángel
guardián de Mnemósine, que sobre baldosas blancas y frente a un librero negro,
des los primeros pasos de tu vida. Junto a una mesa circular, debajo de un
cedrón, frente a un dafne, por una vereda resquebrajada, por la gravilla de un
parque, por el suelo de madera de un segundo piso, sobre un pastizal mezclado de
arena, junto a la playa y las rocas y el caballo bayo y el rojizo, frente al
mar, das los primeros pasos de tu vida.
Existe
bajo las rocas centrales de Chile un pequeño ser que forma parte de aquel 5%.
Se llama Degú y está a medio camino entre una ardilla y un monito del monte. A cada
tanto sale de su refugio antiaéreo para comer insectos y gusanos. De uno de
estos degús se decía que pasaba milenios pensando, en su madriguera, de donde
bajaba hacia las orillas del valle cada doscientos ochenta y dos años. Pero, de
hecho, el cálculo de la duración varía según la paralaje, pues mientras en el
valle habían pasado doscientos ochenta y dos años, en su refugio antiaéreo
entre las rocas habían pasado apenas diez minutos. ¿Cuánto dura un primer paso?
Tú me dirás. ¿Cuántos primeros pasos desembocan en un primer paso? ¿Cuándo
volverá ese primer paso?
Este
Verano vas bordeando una escuela abandonada. Hoy viste en la portada de La
Storia la foto de un niño sentado sobre lo que parecen ser los escombros de
una casa y dijiste, Un niño está sentado en las ruinas, a patita pelá. Ahora bordeas,
con zapatos azules, una escuela abandonada. Te detienes frente a dos chilcos,
uno de bailarinas rojas el otro rosa claro, que son todo uno. Las ramas jaspean
el cemento y la tierra de luces contrastantes. Haces agradecidos de líneas
puras que un rayo calmo transporta. Algo así, si lo viéramos en un verso de
Mandelshtam. Y tus ojos dicen, ¿Cómo es eso?, ¿adónde vamos? Seguimos atentos
la intención de la naturaleza que, con un sabor de leyenda, nos despoja de
orientación en el tiempo y en el espacio, sembrando otros. Vainas blancas de
nombre desconocido, florcitas de cuatro pétalos violáceos y un par de hojas
pálidas de nombre desconocido. Nombres para lo indescriptible. Ritmos, que es
como vives lo.
Hay
que tener cuidado con quien así hable, porque está loco. Se cree Rosa. Pero
hazme caso, si ese tipo en verdad fuera una rosa, el primero en saberlo sería
yo, porque yo soy una Abeja. ‒Nos acordamos de ese chiste al doblar por avenida
Argentina hacia el Katemu, un jardín infantil de dos pisos color cian, casi a
mitad de altura de las tres acacias australianas que crecen a su lado, hojas
verde oscuro y retorcidas vainas coloradas de semillas negras. Es la calle de
Payasín, un gatito de nariz naranja, ojeras blancas y cola mocha que suele
tomar asiento sobre un coigüe o sobre un oxidado remolque de sierra, o
directamente al interior de un vehículo con ventanas rotas. Es la calle de las
tres Bandurrias que vienen a conversar sobre el Coigüe o sobre la Acacia, o
directamente sobre la cornisa del Katemu.
Trenzas.
La experiencia se forma cuando doblamos. Cada vez que doblamos por el pasaje de
las 16 manzanitas verdes, una experiencia, ergo, un ruido de fondo. En una de
ellas, la cosa, o si prefieres, partícula, o si quieres, fotón, pasa por un
agujero o bien por el otro. En la otra experiencia, la cosa pasa por ambos a la
vez, como una onda, allegro adagio, alegre y lenta. No hay menor velocidad que
la lentitud de la luz. La luz convertida en manzana. El sabor dulce ácido
astringente de esas pequeñas manzanas que parecen puños de niños apretando las
semillas que van recogiendo por el camino.
No
estoy seguro en qué punto de la calle Donald Canter recogimos semillas y hojas
y piedras, qué tramos corrimos, lento agitato, o cuándo es que tú dices, Mira
la luna, y lo que vemos es una plumilla blanca como caída allí, sobre la tarde
celeste del Otoño, y que tú recoges. El ojo que dibujaste con tinta azul antes
de salir permanece abierto, trazando hacia el cielo una mirada valiente, no
soberbia, atenta, no prejuiciosa. Esta zona al sureste de la ciudad comenzó a
construirse poco después del terremoto del 60. Caminamos entre los signos de
ese Chile de antes de la dictadura, cuando el presidente de los Estados Unidos
decidió ayudar a la reconstrucción. (El sucesor se decantará por la
destrucción, pero esa es otra historia.) Por eso las viejitas les decían a sus
hijos, Llévame al Kennedy, cada vez que sufrían una baja. Por eso el trío que
somos camina ahora por calle Donald Canter, ese periodista holandés, veterano
de la segunda guerra, exprisionero de los nazis, ese reportero internacional
del San Francisco News que visitó la ciudad desmoronada y ya de vuelta en
California reunió entre sus lectores 42 mil dólares, traducidos en casas y una
escuela, ¿la escuela abandonada?
Caminamos
por lo que fue una villa emergencia después del último gran terremoto que
destruyó la ciudad. Vamos trenzando el camino en quinteto con perros. Mar. Allá,
detrás de las montañas de la costa que desde acá divisamos del tamaño de una
cuncuna. Mar. Los niños como pájaros reaparecen por los pasajes laterales
coreando, Pito pito colorito, adónde vas tan bonito, a la acera verdadera, pin pon
fuera. Mar. Y luego una madre y una hija juegan a las palmas en un antejardín, Era
una paloma, punto y coma; se cayó del nido, punto seguido; era un día martes,
punto aparte; era un día jueves, nadie se mueve; era un animal, punto final.
Aquí,
en el punto más alejado de nuestra casa, silueta encorvada recortada sobre el mar
oscuro de un camino hecho de cercos vereda tierral y basura acumulada (sofás
destripados, lavadora oxidada, cajas, infinidad de plásticos, más ramajes de la
poda), nuestro hermano más oscuro, aquel que lo mismo puede inspirar terror o
compasión, hablarte con desnuda humildad o desnudo impulso homicida, y a quien
por ello no tengo otra opción que estar dispuesto, remotamente como la sima de
la existencia, dispuesto a asesinar, porque voy contigo y contigo, la otra tú
de la vuelta, tu madre que aquí ves, frente a las abejas de un cedrón. Aquí,
donde no nos respalda una ciudad museo ni las abismales conquistas de una
sociedad poderosa sino tan solo el límite que nuestra cultura es, una calle que
se aventura entre cerro y población, y por donde, con andar entrecortado, hace
también su vuelta el herido, el vecino indigente o el vecino de la casa en
ruinas, el pobre hermano al que tanto le cuesta hablarnos sin tener que
humillarse ni tener que humillarnos, el flaco, encorvado como un Huairavo, al
que se le perdió la calle como a mí la transcripción de lo que nos dice, pero
tú al mirarlo, desde el centro de los resortes de chocolate de tu pelo y las
puntas de ramitas de pino y avellanas y abutilones que has venido recogiendo,
le das algo, algo le das que, al menos esta vez, este herido bebe. ¿Los otros
nos dejarán pasar? Todo victimario fue alguna vez una víctima. ¿Podrá dejar de
victimizarse este Huairavo que gime al anochecer? La vuelta ‒lo vas
presintiendo sin saberlo‒ es una travesía por las escenas de un crimen
irresuelto e impune sobre el que sin embargo se han puesto de pie nuestras
casas, con sus vigas trizadas y goteras y fantasmas.
Cuando
llega el Otoño, quiero decir, la avenida final de la vuelta, antes de su última
curva hacia el otro mar donde todo recomienza, hijas del fuego y de las
descomunales reacciones nucleares que tú llamas puntito puntito, o pito pito
pajarito, cuando llega entonces el prado de los aquenios que vendrían a ser
como molinos de viento girando a la velocidad de un reloj (cuando cada segundo
dura, pongamos, media hora), la fibra misma de la que están hechas las trenzas
del prado, natura-historia, chilcos y abedules, coigües poblados de gorriones,
una familia de tencas adentro de un gran arbusto del que nadie sabe su nombre,
campo minado de erizos de castaño que recoges sin pincharte. Cuando ese
recorrido recibe en la Historia (libro, blog, video) un pequeñísimo nombre de
médico cirujano de la 4a compañía de bomberos de Valdivia, hijo de
algún colono-alemán-aliado-de-clase-de-los-veteranos-de-la-guerra-del-Pacífico.
Desde
la plaza Carlos Lorca, otro médico, socialista, asesinado hace 50 años, llegan
entremezcladas las prédicas de un pastor evangélico de sintaxis bíblica y
prosodia penitenciaria y las risas roncas de hombres que beben, jóvenes sin
hogar unos, viejos del barrio otros, briagos de andar difícil, y emerge de la
oscuridad de la plaza con su trote cansino y cojo una perrita lanuda a la que
solo se le ven los ojos cuando levanta la cara para recibir el trozo de
arrollado que tú le entregas en el hocico, abierto y cerrado con suavidad
semejante a la pinza de un índice y un pulgar, ¿cómo se llama?, Daisy, responde
tu madre.
Hemos
dado la vuelta. Dices, Estoy negra como una mora yo, tengo las manos como
limones, y las empuñas agarrando tu manta que también parece un limón. Ropita
para bailar, un vestido de mantita, e inventas un ritmo y otro más jugo quiero,
dices, caminas hasta el patio y vuelves avisando, Prendí una luna chica en la
cocina. Ese gesto inexplicable, lo que hay de gesto en una frase inexplicable
como, Conócete a ti mismo, relee y reinventa lo real, sé consciente del costo y
para resistir al poder, salte del centro. Una Mariposa de ojos vibrantes
fosforescentes acaba de posarse sobre el rosal de noche. Quiero ver la luna yo.
Te tomo en brazos para que alcances a verla tras las ramas del Matico. Laten
las estrellas, lenta luz de las estrellas convertidas en ojos. Pito pito
pajarito, adónde vas tan bonito, a la Rosa verdadera, pin pon fuera.