viernes, 4 de agosto de 2023

LA CUESTA

Cada día una pata de gallo, se dice. A partir del solsticio de invierno, ese momento en que tocamos fondo en la noche más larga del año, empieza a prolongarse la duración del día. Imperceptiblemente al comienzo, hasta que de a poco percibimos ese crecimiento en el volumen de la claridad. La última semana de otoño, al borde del camino que conduce a la casa, floreció un cuarto copihue, rezagado, oculto entre el tupido ramaje de un maqui, cuando ya no quedaba señal de sus tres hermanos brotados en mayo, los mismos tres, tres nada más, que brotaron el año pasado. La enredadera también está creciendo. Algunos días pude verlos contra el cielo despejado. La mayoría de las veces, como hoy, es un cielo blanco el que revienta las fotos del celular. No es la proyección de un cuento de hadas sobre los ciclos naturales, sólo es que la belleza y el vigor de estas flores a contratiempo encienden las velas, inflan las velas del día, escuchan la sangre, la revelan. No hay tiempo para el desánimo, ni para alojar ningún veneno en los oídos. Nosotros mismos, los que caminamos, los que subimos la cuesta, somos una especie de copihues que se rebelan contra el frío y la premura, y si erramos al decir que el día está feo porque amaneció nublado, la sangre de improviso rectifica, o más bien se curva, se enreda aquí, en la espesura del tiempo, y hundida en ella se vuelve a abrir.  

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