Cada día una pata de gallo, se
dice. A partir del solsticio de invierno, ese momento en que tocamos fondo en
la noche más larga del año, empieza a prolongarse la duración del día.
Imperceptiblemente al comienzo, hasta que de a poco percibimos ese crecimiento
en el volumen de la claridad. La última semana de otoño, al borde del camino
que conduce a la casa, floreció un cuarto copihue, rezagado, oculto entre el
tupido ramaje de un maqui, cuando ya no quedaba señal de sus tres hermanos
brotados en mayo, los mismos tres, tres nada más, que brotaron el año pasado.
La enredadera también está creciendo. Algunos días pude verlos contra el cielo
despejado. La mayoría de las veces, como hoy, es un cielo blanco el que
revienta las fotos del celular. No es la proyección de un cuento de hadas sobre
los ciclos naturales, sólo es que la belleza y el vigor de estas flores a
contratiempo encienden las velas, inflan las velas del día, escuchan la sangre,
la revelan. No hay tiempo para el desánimo, ni para alojar ningún veneno en los
oídos. Nosotros mismos, los que caminamos, los que subimos la cuesta, somos una
especie de copihues que se rebelan contra el frío y la premura, y si erramos al
decir que el día está feo porque amaneció nublado, la sangre de improviso
rectifica, o más bien se curva, se enreda aquí, en la espesura del tiempo, y
hundida en ella se vuelve a abrir.
viernes, 4 de agosto de 2023
LA CUESTA
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