domingo, 3 de noviembre de 2019


Humanización. Vuelvo a pensar en el sentido de esa palabra, en sus sentidos. Lo que se ha desencadenado en Chile este mes de octubre de 2019 es un movimiento masivo, decidido, hacia la humanización de nuestra sociedad. Nuestra especie nunca ha dejado de avanzar y de retroceder respecto a ese horizonte. Hay ocasiones en que lo recuerda, lo necesita con urgencia y se remece y despierta; y otras en que lo niega y se aleja de él o lo destruye, parece que lo destruye pero nunca lo logra del todo.

Es indestructible, y siempre vuelve. Se vuelven a romper los límites de una injusticia que se ha normalizado y se vuelve a crear un pasaje hacia la verdadera relación humana, sin que tampoco llegue nunca a realizarla del todo. Pero no por ello hay que desistir, al contrario, esto es como el poema Ítaca de Kavafis: así como la meta del viaje no es la vuelta a la ciudad natal sino el viaje mismo que la vida es, así también es el empuje colectivo hacia una vida más humana lo que no debemos nunca abandonar, aun cuando sepamos que sobre la tierra no hay paraíso.

Orden, paz, propiedad privada, repiten los que tienen más y también algunos que casi no tienen nada pero comparten con los primeros esa cosa llamada miedo, un miedo hipertrofiado a perder sus privilegios hipertrofiados o un miedo a ser excluido, todavía más, del orden impuesto por los acaparadores.

También está el escepticismo de los ácratas que no creen en el proceso constituyente ni en el más mínimo atisbo de posibilidad real de la democracia, una nueva Constitución les parece sólo un papel estéril y por ello se restan de la deliberación de los Cabildos. Tienen razón, la nueva Constitución no valdrá de nada si no la hacemos por vía asamblearia realmente participativa y si luego no tiene el poder de cambiar las reglas del juego y hacer efectivo un Estado social de derecho.

Pero más allá del miedo y el escepticismo hay una fuerza llamada dignidad, que nos reúne y nos hace derribar una parte del muro, aunque hasta ahora el muro en Chile sólo está agrietado y se tambalea. Este gobierno carece de legitimidad para encauzar (con z) el proceso constituyente, y como carga con la ineludible responsabilidad de personas muertas y otras que han sido gravemente heridas, el que debe ser encausado (con s) es el gobierno. Más de cuatro mil personas detenidas, más de mil heridos, más de cien con lesiones oculares.

Es importante recordar que el sufrimiento no es cuantificable, que una vez que se ha infligido daño la vida de las víctimas y sus familiares podrá ser reconstruida a través de su admirable entereza moral pero la experiencia misma del daño es irreversible, y nunca podrá ser olvidada. Este gobierno ha ordenado a policías y militares herir, una vez más, a la sociedad chilena, hecho que no podrá quedar impune y que nuestra inexorable reinvención como país impedirá que haya sido en vano.

La libertad se conquista, sí. ‘Nunca nos han regalado nada’, decía una profesora jubilada en el Cabildo de Educación este jueves 28 en el Colegio de Profesores de Valdivia. Necesitamos conversar, discutir, deliberar, todos lo saben pero nadie lo ha vivido realmente: la soberanía popular, que es la que hace que una democracia esté a la altura de su nombre, un gobierno del pueblo.

Entonces aparece el temor al caos y la fijación mental con Venezuela o Cuba, etcétera. En eso la derecha chilena y su hegemonía mediática han conseguido desarrollar en las consciencias de muchos chilenos una verdadera paranoia en torno a la debacle total que supuestamente significaría reconstituirnos democráticamente. Que el valor del trabajo de los trabajadores es el que dicta el empresariado, coludido con una buena parte de la clase política; que los que acaparan la riqueza se lo han ganado con juego limpio y porque son más esforzados y más inteligentes; y otras falacias argumentativas que no resisten un serio análisis científico y que en el plano ético no son más que una justificación del matonaje.

Personalmente no creo que deban dejar de existir los empresarios ni que se les deba negar el acceso, si así lo desean y ya que pueden costearlo, a una medicina y una educación privadas. El punto es que la salud y la educación públicas deben ser igualmente excelentes y dar cobertura a todos los ciudadanos. Por otra parte, ¿qué podría tener de autoritario asegurar el equilibrio de los ecosistemas, prohibir la privatización del agua y los minerales, y entender de una vez, como bien dicen los ecologistas, que los elementos naturales no son meros recursos que puedan ser explotados a destajo, ni siquiera por el Estado?

No se trata tampoco, como se quejan algunos, de dar gratis un bienestar a quien no pone nada de su parte. Una persona que después de décadas de trabajo llega al fin de su ciclo laboral tiene el derecho a una jubilación que le permita vivir su vejez con dignidad, no es una limosna del fisco. Por lo demás, los viejos deben ser incluidos y su experiencia debe ser escuchada, no han vivido inútilmente, su visión es valiosísima para una sociedad. De hecho, un senado –al margen de su validez en la estructura política venidera– debiera ser, desde su etimología, precisamente eso: un consejo de ancianos. Una sociedad que no escucha a sus ancianos está condenada a sumirse en todos los errores de la arrogancia.

Bueno, en parte es por eso que acabó produciéndose este reventón social impulsado por los jóvenes. Por lo que los griegos llamaban hibris: la desmesura de la soberbia. El muro que hay que derribar es ese, la hibris de un sistema político y económico abusivo en el que la única salida aparente es el individualismo. Dónde trabajas, cuánto ganas, cuál es tu horario, esa no es la vida, desde el momento en que lo asumes como datos iniciales de conversación te amarras a un programa existencial, sociopolítico, un cierto modo y tipo de relaciones, un incierto alcance o nulo alcance de tu ser como politikós (ciudadano, en griego moderno). Todxs somos políticxs, nadie está excluidx.

Yo vivo en una cabaña en Niebla, un barrio costero cercano a Valdivia. Soy un privilegiado, tengo un computador donde escribo esto, tengo algunos libros y por si fuera poco escucho la mar ahora mismo. Hace unas horas en el centro de Valdivia picaba el aire de tanta lacrimógena. No pretendo hablar por otros sino con otros. Es un pensar en voz alta y es como una continuación personal de las conversaciones y discusiones de estos últimos días, adonde vienen a desembocar, como se ha dicho muchas veces, estas últimas décadas. Es preciso que sigamos manifestándonos y que sigamos organizándonos, es imprescindible la unidad social para derribar ese muro que todos conocemos, no hay vuelta atrás, no hay normalización de la injusticia a la cual volver. Como decía un rayado: AHORA ES EL MOMENTO.

jueves, 24 de octubre de 2019


Psicopolítica. La persona que sólo ve la parte violenta de la rebeldía y evita reconocer la legitimidad de la protesta consciente y cívica en contra de la injusticia, asume que lo que ocurre sólo son disturbios y vandalismo y estallidos pulsionales más propios de bestias o alienígenas que de ciudadanos. El Estado, piensa, debe ejercer todo su poder de coacción para acallar las manifestaciones y restablecer lo que considera la paz, es decir, el statu quo. Omite que las manifestaciones pacíficas son mucho más numerosas que los causantes de destrozos y saqueos; omite que la mayor violencia es la desigualdad y la actual militarización y que la única paz social es la que deriva de la justicia social; y omite también que las demandas expresan la situación en la que se encuentra la mayoría de quienes viven en Chile, incluidas muchas personas que piensan como él o ella a pesar de compartir con los manifestantes una misma experiencia de desigualdad, para todos evidente: costo de la vida privativo y endeudamiento crónico; jubilaciones de pobreza y ahorros previsionales en manos de especuladores privados; un sistema judicial que en muchas ocasiones asegura la impunidad de los poderosos; atención sanitaria insuficiente o tardía o incluso inexistente; enorme desigualdad en cuanto a las oportunidades y la calidad de la educación; privatización del agua y sacrificio de comunidades y ecosistemas; todo atravesado por un pacto social que en realidad no lo es, que no es verdaderamente un acuerdo ya que se basa en una Constitución absolutamente ilegítima. No es cuestión de solidaridad caritativa sino de consciencia de nuestra vida en común, de nuestra interdependencia y, en un sentido crucial, de nuestra hermandad como seres humanos. Esta consciencia no es un fenómeno puramente mental sino que exige una conducta que sea consecuente con ella, acciones dirigidas hacia la vinculación y la organización, trabajo colectivo y creativo, participación política, empatía, tenacidad, razón y corazón.

domingo, 24 de marzo de 2019

LA PUERTA

La puerta de espesura al otro lado del puente, por donde sólo entraré si dejo que la noche entre mí.

Voy a la ciudad río arriba y vuelvo a mi cabaña en la desembocadura. Entreveros de luz en el follaje. Una fábrica de celulosa. Hostales. Un astillero. Parejas de cisnes con sus polluelos a la espalda. Pasajeros de todas las edades y canciones en castellano y en inglés.

‘Mondongo, mondonguito’, oigo a mi abuelo llamando a una perra blanca. Camino con él hasta la entrada de una cantera junto al río. Las espaldas de los edificios, desconchados y ahumados. ‘Yo no me tiraría aquí ni recantando’, dice, riéndose al borde de una rampa de bicis y skates.

Ahora tomo un colectivo hacia el trabajo. Por la radio habla un tipo que dice curar los males de los auditores que lo llaman por teléfono. El conductor avisa: ‘hasta llegar a ellos’, y señala unas zapatillas que cuelgan del tendido eléctrico. Me quedo con un grafiti sobre seis panderetas blancas: a lo mejor debiera callarme, pero no.

Hay calas que son como cabezas de gansos; arrayanes, ríos rojos; callecalles, salpicaduras de espuma bordeando los caminos; a ras de suelo unas estrellas blancas y unos erizos amarillos; y el sol llueve.

Ahora tomo un bus y tengo sueños veloces. ‘Buena suerte’, escucho decirme una voz negra antes de los sueños veloces. ‘Fíate a lo negro’, me digo. –Oigo unas voces tras la ventana, los miro entre las cortinas y me descubren. ‘Angelical’, se burlan. Entra uno de ojos claros y rostro pétreo asesino. Me persiguen y corro cerro abajo. Me detengo, les disparo. –Segundo: Con unos amigos visito el colegio donde estudié. Hablamos con un par de goliardos, un músico chileno y un latinista alemán. Que lo aprenda autodidacto, me dice sin hablar el latinista. –Tercero: Y qué me dices del potrillo famélico con cara de cierta mujer rubia, mientras yo, acaramelado con una gordita, era feliz en aquel puente y a mi casa vieja la atravesaba el cielo. Despierto.

Río arriba, la ciudad destruida. No las pantallas sino los puentes. En una de esas esquinas, la guitarra de una hija combate el ruido sordo de las pantallas.

–¿A qué hora sale el último de vuelta a Niebla?
–No po, si somos nosotros, este bus es de acá de Valdivia.

Sigo yendo y sigo volviendo. El impulso por conocer nos lleva más allá de nosotros mismos, siempre y cuando seamos realmente capaces de recibir. Balbuceo: río arriba, la ciudad por venir. Cahuiles vuelan junto al bus que cruza el puente, interceden por mí ante el cielo de fines de primavera para que no hunda la cabeza en el veneno de un grupo que me maldice al pasar.

Y aquí, ¿quiénes son los jóvenes? Unos cuantos viejos dispersos. Sus verbos nudosos crecen y se ramifican, arbóreas son también las arterias de sus mejillas. Y las gaviotas dibujan árboles sobre las rompientes.

–El oído puso fin a la desintonía, ¿leíste ese libro de Juan de Yepes? 
–No sé si llegue a leerlo algún día pero me recuerda cuando la Pelirroja y yo nos besábamos frente al hospital y sonó el teléfono y era su padre desde la cueva de Asquenote.

Desde la playa el sol es más alto y cierto que desde el camino costero. El roción se vuelve neblina junto al promontorio, una página en blanco entre las playas. Encuentro un trozo de madera erosionada cuya fibra y nudos tienen ahora la forma de la espuma. ‘Como el hueso de sepia que las olas desvanecen poco a poco’, leí de Montale sentado a la turca sobre la arena. Un cahuil alza vuelo justo antes que la ola lo cubra. De lejos huelo la hojarasca de eucaliptos que un anciano está quemando a orillas del sendero hacia la carretera. Leo las letras blancas en las ventanas de la micro que se detiene: no a la pesca de arrastre, jibia 100 % artesanal.

La puerta de espesura al otro lado del puente y luego viene otro río y luego otro, y de cada uno veo el zigzag entre las montañas. Abajo en la corriente las estrellas trasvasijan de nosotros el amor, y en los oídos vacíos bebo el agua de las palabras que sobrevivieron. Como habas y cebolla picada fina, como aceite y cilantro y jugo de limón, como sal. El río es una lagartija, un agujero negro, un dragón, un ojo izquierdo. Pero más fuerte y pura es el agua de las napas que tomo ahora, en una tisana de quintral.

O anoche, con una amiga entre las rocas, el vino blanco de Javier de Loncomilla. La vendimia de un corazón maduro me une a la ciudad destruida, soñada, trabajada, verdeante. Un corazón maduro y las preguntas del azar. Orbitamos alrededor de ella: nos aleja la misma fuerza que nos acerca. Así, aunque nunca llegamos, siempre volvemos para amar y desunir.
                                                                      
El verdadero libro es el libro siguiente. Sin saber cuánto de broma hay en una obra, me arrastro por la arena y en el cielo veo los signos de la indagación, todo animal en mí, rugido, quejido, soplido, presiento lo que no puedo decir, la boca llena de sal, mientras las estrellas revientan y nosotros, que somos cuerpos sin luz, trasvasijamos agua en la sombra.

viernes, 1 de marzo de 2019

Apuntes


Son los apuntes del año pasado. Los escribí en un cuaderno de croquis, con espiral y tapas moradas. ‘Hecho en Chile’, dice en la contratapa, con letras diminutas sobre un código de barras. Los transcribí este verano. Dejé afuera un par de poemas y el borrador de un relato llamado El sótano. Son lo más parecido a un diario que he escrito, pero no todos están fechados y, como verás, no son diarios.   

1

Leyendo a comienzos de marzo 18 Las letras del horror, la investigación de Manuel Salazar sobre los crímenes de la DINA:
Es lo que enseña la historia del horror: la solidaridad, la hermandad en las horas más oscuras. Termina generando en nosotros no el miedo, no el sufrimiento sin fin, no la crueldad, sino el valor y el poder de lo que hay de más humano en nosotros: la colaboración para sobrevivir, la ternura, la lealtad con el bien común, el amor, la valentía. Por eso el libro de Salazar tiene un título implícito y a contracorriente, que uno va descubriendo más que por la corteza interpretativa, por el magma, por el núcleo emocional de quienes atravesaron ese infierno: Las voces del amor.

12 de marzo

2

Novelas que se inician en prostíbulos o con otro tipo de escenas sexuales:
La vida simplemente, en una casa de farol azul a la que llega el niño protagonista, Roberto Lagos. El zorro de arriba y el zorro de abajo, donde unos pescadores envidian a un gringo porque se queda con la mujer más guapa. Si te dicen que caí, que parte con la escena de un mirón en silla de ruedas que paga para que una pareja de jóvenes, que no se conocen, tengan sexo frente a él. También Petróleo podría sumarse a esta lista porque a poco de comenzar describe una escena de sexo entre un hijo y su madre. Por otra parte, en el Decámeron follan relato por medio.
(Si por un momento dejo entre paréntesis la pertenencia social de los verbos, culiar, al provenir de la palabra culo, me parece más estrictamente genital, se limita a señalar o la posición del perrito o el sexo anal; follar, en cambio, hace énfasis en la alegría del coito, de hecho puede que esté etimológicamente emparentado con holgar: alegrarse, divertirse.) 
En La chaqueta de cuero de Pavese, un niño es testigo involuntario de una infidelidad que termina con el asesinato de la mujer. Por último, el libro que resume los crímenes de la DINA abunda en horribles agresiones sexuales, se reproduce, por ejemplo, el testimonio de una mujer que fue obligada a tener relaciones sexuales con su hermano y su padre.
En los pocos libros que tengo ahora conmigo esa ha sido una constante: sexo y violencia, salvo, como dije, algunos episodios relatados por Boccaccio, de sexo alegre. Debería agregar que una amiga me regaló hace poco un cartel donde se enumeran modos y grados de violencia contra las mujeres.

25 de marzo

3

Vocabulario de Si te dicen que caí, desconocido excepto por algunas pocas palabras de las que tengo una idea, aunque imprecisa:
1 bleda, 2 cheka, 3 bofia, 4 pavero, 5 mastresa, 6 sarasa, 7 trapero, 8 meuca, 9 nikis, 10 pamelas, 11 tabié, 12 babia, 13 gualda, 14 giralda, 15 faiero, 16 tarambana, 17 cárabo, 18 gamarús, 19 carota, 20 cantúa, 21 chafardero, 22 katiuska, 23 barreta, 24 burilla, 25 pegadolsa, 26 tótila, 27 capazo, 28 banau, 29 petromax, 30 virolais, 31 gramola, 32 buchi, 33 pencar, 34 camándula, 35 buche (un juego), 36 esquifido, 37 ondia, 38 blasonar, 39 marrajo, 40 canana, 41 malaúva, 42 chunga, 43 guayabo, 44 farias, 45 achuchar, 46 raskayú, 47 llufa, 48 ridi, 49 (el) madriles, 50 charrameca, 51 plumier, 52 fermi, 53 trinxa, 54 desatacar, 55 bercera, 56 garrofal, 57 frisón, 58 badil.

4

Señales de ruta. Una huella a través del verbo. Reconstrucción de memorias orales traslapadas, subterráneas. El entre.
Signos ciegos: “Nació finalmente en…”

5

When I lose the way to be happy through writing, then the path of time becomes dark and obscure, oscuro y fosco.

6

Je recommence la lecture de Le rouge et le noir le 29 avril 2018, je suis dans la page 169. Il y a, comme toujours, des mots inconnus, cette fois ce sont ‘besace’, ‘friponneries’, ‘poêle’. Je peux en avoir une idée mais je ne suis pas sûr. Dans le roman Si te dicen que caí il y avait presque autant de mots dont j’avais à chercher le signifié dans le dictionnaire ou sur la web. On ne finit jamais de connaître une langue, c’est comme une ville. Même dans la ville natale on trouve des endroits qu’on croirait ne jamais avoir vus, des rues, des maisons… On nous ouvre la porte de maisons que nous n’avions jamais visitées. D’ailleurs, j’ai recherché plusieurs fois les sens de certains mots.
Pour en finir avec la fin de la lecture, il faut savoir que la connaissance n’est que la conscience de l’ignorance. On vit le monde aussi profondément qu’on le lit.

7

“La no resistencia al mal no es lo mismo que la resistencia sin violencia.” M. L. King.

8

– Dejai apagao nomás, cierra sí.
– Ya.

9

Un ejemplo de coherencia:
‘Less is more’, dice un filósofo, batiendo en su muñeca un reloj de oro.

10

A estas alturas del partido: 39 años, uno está en condiciones de relacionar y contrastar diferentes estaciones de la vida. No diría ‘etapas’ porque me suena demasiado progresivo; ‘épocas’, por otra parte, que sí podría decir, le da un carácter milenario a una vida individual. Estoy entre ‘temporadas’ y ‘épocas’, según el día. Las primeras condensan la vida en un período exageradamente breve, las segundas exageran su duración. Pero comencé diciendo ‘estaciones’ y no pensaba en las del año sino en las de los trenes, lo que quiero hacer es conjugar la experiencia del devenir como espacio y tiempo a la vez. Hubo estaciones en las que se aglomeraban centenares de personas y hubo otras, ya abandonadas, a las que no sé ni cómo llegué, y donde un par de parroquianos me miró con esa mezcla de curiosidad y desconfianza que despiertan los extranjeros en las aldeas. Dos clases de estaciones fueron mis preferidas: aquellas en las que alguien me esperaba con ojos sonrientes, y esas otras, lejanas y enormes, donde sí era extranjero, tan extranjero que ya estaba acostumbrado a la mudanza.

10 de junio

11

partes
hace cuánto partes
cuántas partes
desde cuándo partes
cómo es eso de que partes
de las partes, de qué partes
qué partes
a qué partes llegas
•
la primera es 17
dieciséis son los dolores
y una es la alegría
sol retenido
toca fondo y a partir de ahí
cada día
una pata de gallo
un día a la vez
y el mar retumba
y ya no hay teléfonos públicos
suenan las rejas después de la fiesta
hubo silbidos
hubieron disparado
en la ribera derecha
en una calle de Las Ánimas
donde se sumerge el sol
•
la segunda es lo concreto y lo azul
un cubo que bajamos hasta la noria
el alambre brilla, pendula el cubo
el agua es verde oscura
pullis (renacuajos) la filtran
no suben al balde, no llegan al brocal
sólo el agua
de un pozo detrás de la huerta
más allá de los girasoles y en el centro
un nido de queltehues 

12

Violeta:
                quince perversos qu’embarran
                mis dieciséis esperanzas

Aunque no sea estrictamente lógico, porque los quince perfectamente pueden embarrar a las dieciséis, con uno solo, de hecho, ya basta; al escuchar a Violeta subiendo por la escala de los números que son dolores, yo siento, yo escucho que una se salva, que un perverso acaba con una esperanza, uno por una, quince perversos por quince esperanzas, y por lo tanto queda una, la decimosexta, con qué ritmo.

13

He publicado dos libros, el primero lo leyeron algunos, el segundo nadie. Entre ambas palabras, algunos y nadie, prefiero nadie ya que, como se sabe desde Odiseo, con este nombre es posible cegar a los cíclopes.

14

La vida como un juego de novelas enmarcadas, mejor dicho, de relatos empotrados, como Las mil y una noches y el Decámeron, como el Asinus Aureus y Don Quijote.

15

Frases de mi abuelo. Con la primera se refiere a mi abuela, que pasó una noche sobresaltada:
–Amaneció hablando.
La segunda es un nombre espontáneo que le da a su perrita blanca una tarde al llegar a casa. Hay que imaginar a la perrita haciéndole fiesta, dándole la bienvenida con toda clase de ladridos y meneos y revolcones y saltos:
–¡Intrusidad del mundo!

16

El trabajo con el pasado-presente como una toma de posesión de un mundo interior. Escribir sin compromiso con ningún prejuicio. El retrato de una voz, no desde la verdad del dogma o la teoría, sino desde la exactitud con que sentimos aquello que realmente nos importa, tanto o más que nosotros mismos.

17

Uno no conoce la verdad, uno se acerca a ella, y para eso necesitamos a los otros, necesitamos la prueba de la refutación, venga de donde venga, necesitamos contrarrestar el peligro de la infalibilidad.
Esto lo decía alguien, ya no recuerdo quién. Aclaro que, como suele decirse, estas no son mis palabras. Aunque tampoco son las palabras de otro. Lo que cuenta aquí es que expresan lo que pienso. Las suscribo como reafirmación de un socialismo libertario, en contraposición a un seudosocialismo autoritario.

18

Desintegradas y reuniéndose, gotas e hilos de agua sobre un vidrio, así las imágenes y retazos de historias que se agolpan, se cruzan, se separan a lo largo de estos días de mar soleado, de ríos nublados que acercan lo extranjero.

19

Así como Proust compara un vitral con una tapicería de vidrio, yo diría que la sintaxis de Proust es como un vitral: un prodigio de incisas y articulaciones, de precisiones y matices que alargan la frase hasta perder de vista el punto seguido. A menudo tengo que releer algunos pasajes para estar seguro de enhebrar el sujeto y su verbo. La rememoración, me parece, no preexiste a su expresión; es como si, al escribirlo, un recuerdo imantara otros recuerdos, involuntariamente adheridos no tanto a los objetos o a los sabores como a la lengua misma, a la materia viscosa de las palabras. Y creo, aunque desconozco la razón, que esto se relaciona con la intimidad de la escritura a mano. Cuántos cuadernos habrá escrito, cómo ha de habérsele marcado entre los dedos la pluma y cuánto tiempo habrán permanecido abiertas algunas oraciones, después de una coma que suspendía su memoria en un esfuerzo por recobrar, por resucitar diría incluso, aquello que a partir de entonces sólo viviría como posibilidad de la lectura. A través de las palabras, sin embargo, pasaría lo único capaz de dar vida a los colores del vitral: esa luz de la consciencia convertida en voz y oído al mismo tiempo.

30 de julio

20

Jueves 2. Caramba. Llegó fuerte agosto. ‘Se viene el temporal, cholo’, le dice el conductor a su amigo que va de copiloto. Dicho y hecho: al bajar de la micro veo las cortinas de lluvia que vienen desde el mar hacia los cerros. Ayer estuve casi todo el día en cama: fiebre, dolor de cabeza, bronquios un poco irritados. El barranco fue antenoche, a la segunda noche de alojado el…, lo voy a llamar el bicho. La noche del lunes se instaló, con un escalofrío. La noche del martes atacó. En el epicentro, me dejó acurrucado en la cama, tiritando con un dolor de cabeza de los cien demonios. En realidad con uno solo bastaba. Sentí unos derrapes alucinatorios. Hubo un infierno, un purgatorio y un paraíso, todos dentro de la misma fiebre. El primero fueron visiones de homicidios. El segundo era un trabajo repetitivo de criba de datos. El tercero, una mezcla de lo que todos sabemos: amor y sexo, amor como caos y dicha, sexo como corazón del caos y manos de la dicha. (De la aquí no dicha, en todo caso.)
A los dieciséis años me dio una fiebre como esta, la recuerdo más fuerte y larga que la de anoche, y sí lo fue, incluso si le quito de encima la parafernalia del hospital, la silla de ruedas, la punción lumbar. Denante le decía al Bruno en un correo, que me chirriaba lo de ‘gran’ y lo de ‘artista’ en una traducción de Camus que le envié, porque somos seres humanos, ante todo, primero que todo. Pero no está demás recordar, le decía, que es importante lo que escribimos, su fuego central al menos. Y también le decía que mi ‘pero’ delata mi escepticismo, mientras que mi insistencia expresa mi amor, o sea, mi lealtad al amor, que no es un tema ni un bien, sino lo que nos mantiene vivos. Nada menos, escribí. Y luego, sobre lo del arte, ‘sí la artesanía’, le dije; fue un error de tipeo pero lo dejé así, me gustó. Entonces, en vez de despedirme del Bruno y enviarle el correo, me puse a tocar guitarra, sólo las cuerdas de nylon y sólo con dos dedos de cada mano. El arte siempre se hace con dificultad, con una limitante. Antes de tomar la guitarra, pensé eso. O como dice mi abuelo Heraldo y decía también Lázaro de Tormes (lo leí a saltos durante la fiebre): ‘dije entre mí’: el arte siempre se hace con dificultad, con una limitante. El de vivir, al menos. Y el de revivir, mientras nos sea dado. Toqué un rato, improvisé, disfruté de lo que iba saliendo. Luego volví al computador y antes de despedirme del Bruno, como si, lo pienso ahora, él también hubiera escuchado la música, anoté sin puntuación: ‘un fa sostenido’, y unos espacios en blanco más allá: ‘un sol’, y más allá: ‘sostenido’. Un sol sostenido. Recién entonces me despedí del Bruno. Ya era viernes, 3 de agosto de 2018.

21

Órbitas estables
17 (número primo)

El reloj ya no tiene agujas
pues conoce el peso de las palabras
que van de un futuro próximo a otro futuro próximo
En medio del ruido de las olas
se oyen de repente unos graznidos
e imagino las gaviotas buscando un refugio
en los árboles de la playa

22

Miraló: el zeste se calcina con efervescencia, y después que se ha carbonizado pasa al estado de brasa incandescente, una mandarina de fuego, naranja blanco.

23

De A LA VEZ o SALE UN AGUA DEL TIEMPO (2015)

Dos perros cazan a una liebre en una manzana eriaza de Río Bueno.
El grito de la liebre se funde al llanto de un recién nacido en una casa vecina.

24

René Char (1948)

Devuélveles lo que ya no está presente en ellos.
El grano de la cosecha, lo verán de nuevo
en la espiga que se agita sobre la hierba.
Enséñales, de la caída al vuelo, los doce meses de su rostro.
Habrán de atesorar el vacío de su corazón hasta el deseo siguiente,
pues nada naufraga ni florece en las cenizas;
y a quien sabe ver la tierra encaminarse hasta los frutos
no lo conmueve el fracaso aunque todo esté perdido.

25

Dioses con pies de barro

Hay cuatro barcos meciéndose en la violencia del temporal. Sus luces, de un blanco gélido y potente, se parecen a los focos que acompañan la faena nocturna de un edificio en construcción. Me gustan esas luces blancas que más que oponerse a la noche, se oponen a los hábitos de la noche; el zumbido de las maquinarias, el barrial atravesado en todos los sentidos, una grúa enorme que introduce en la tierra una especie de puerta, igualmente enorme, que parece sacada de una caja fuerte. Y los operarios, a los que el frío y la medianoche dotan de una lucidez extrema, parecieran comprender la ciudad mucho mejor que el funcionariado municipal (no hablemos del gobierno central). Puede existir entre estos últimos una buena intención, no voy a descartar hipótesis a diestra y siniestra, pero ayer leí un artículo del alcalde en el periódico local y comprendí que con el lenguaje de la administración pública y el de las ciencias sociales es posible preparar un engrudo tan bienintencionado como vago y retórico. ¿En qué momento se asume que la respetabilidad es un maquillaje de la sinceridad, un maquillaje que puede dejar la sinceridad francamente irreconocible, o pervertirla de plano bajo un deseo de despiste, cuando no de simple engaño? ¿En qué momento se privilegia la respetabilidad por encima del respeto, que es lo que verdaderamente importa? Y ya que nadie puede hacer durar una voz falsa, ¿por qué no escribir de un modo personal, no hablo de una pretensión de estilo nuevo sino de dejar que nuestros cuerpos hablen? En cualquier caso, no estoy pensando en la irreflexividad ni en la fobia a los conceptos. ¿Por qué, dicho sea de paso, siempre se excluye al cerebro de nuestras representaciones psicológicas del cuerpo? Si dijo cuerpo entonces quiso decir desmesura, vida salvaje, ¡detonación! Y a todo esto, ¿cómo es la vida salvaje? Yo creo que, demasiado a menudo, la única vida salvaje es nuestra vida social. Una cosa, eso sí, señorías médicas, el cerebro no piensa solo, el mal no está únicamente aquí ni allí ni más allá, el remedio no está, o al menos no se agota, en la pastilla ni en el bisturí. Lo que quiero decir simplemente es que somos más que materiales. No es que no seamos materia, es que somos más que materia.
Escribo esto con vela la noche del 6 de agosto 18. Ahora se está apagando. En la puerta, a la altura de mi cabeza, se dibuja un arco de luz, mientras la parte superior, como si fuera un dintel, permanece oscura. Siento la presencia de mi abuela entrando bajo ese arco, después de exactamente dos años allá afuera. Quizá la luz provenga del abrazo entre los vivos y los muertos.

26

El brillo de la lluvia sobre el pavimento, al volver a casa, de noche. Eso soy ahora, un caminar de noche a través de intervalos de lluvia, y la lluvia misma que multiplica la luz eléctrica de la ciudad.

27

Leo en La chute de Albert Camus: “Para el juicio, hoy en día, siempre estamos listos, como para la fornicación.”
El pus, la luz. El juicio, el goce. La conciencia, la inocencia.
La noche participa del día; el día está hecho del día y de la noche. Se ha hecho tarde para que pronto sea temprano. El tono mayor y el tono menor alternan en la canción que escucho río abajo.

28

Una piedra circular de cuarzo, una concha color cáscara de pan, un trozo de madera pulido por el mar. Es lo que traje de la playa en el bolsillo de mi carnero (una chaqueta de lana). Lo primero que vi y nombré al llegar a la playa fueron: jotes, calas, quilas. Después observé los estratos, en las nubes, en las olas, en las rocas; las capas de una materia idéntica o que, a fuerza de compresión, terminó por parecerlo. Me subí a una rompiente acompañado por dos perros negros y desde allí vi a otras personas que paseaban, algunas sentadas mirando el mar, y unos jóvenes haciendo malabares con clavas. Luego caminé por la playa de un extremo a otro, salté sobre un estero y con una rama larga como una caña de pescar ensarté la concha de un caracol morado que encontré al fondo de la corriente. Dibujé con la rama una hoja, un ojo, un pájaro, una flor sobre la arena. Los perros iban y venían, ladraban, corrían, se revolcaban.
Escribí en la arena: ES.
Lancé la rama hacia el mar y no volvió. El sol era un disco blanco detrás de las nubes.
En la ciudad de Corral resaltaba sobre el fondo verde oscuro de las montañas una meseta de aserrín, y anclado enfrente, el barco que viene a llevárselo. Hacia el norte, en cambio, en la caleta Los Molinos, se distinguían con claridad las casas variegadas encaramándose por la ladera del cerro, como los estratos de las rocas, de las olas y las nubes.
Volví a mi cabaña por el camino de tierra húmeda que culebrea entre las quilas, enanchado y macerado por una yunta de bueyes que bajan a pastar junto a la playa. El que estaba en pie lamía la cabeza del que estaba echado.
Dejé sobre mi velador el trozo de madera, la concha y la piedra. Dije entre mí: los estratos, la vida, la promesa.

26 de agosto

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Traducir es salir para hacer entrar.

Para caminar hace falta sobrevolar.

Más que juzgar, jugar: más que escribir sobre la experiencia, experimentar la escritura como la acción que es.

Leer no es hablar sobre leer, sino transformar la escritura.

Anteriores a este ‘más’ o este ‘menos’, al ser o al no ser: la imagen, y el audio.

30

Solitario y solidario, como un arquero de fútbol. Por fin entiendo la famosa frase de Camus, que Glissant también usó, por cierto. Solitario y solidario, claro, como un arquero de fútbol, la posición de Camus cuando jugaba en Argelia.

31

Caía la lanza del sol y la playa era una multitud de botellas y bolsas y latas y grafitis en las rocas, basura de la alegría del verano. Meses después, bajo la carga gris del cielo, un grupo de jóvenes la recoge en sacos de pita. Así en todo, esas las proporciones, el flujo y el reflujo: un centenar destruye lo que una decena intenta reconstruir.
Del tiempo sale un agua que corre bajo las quilas, bruñendo una tierra arcillosa. Cuando los esteros desembocan ya vienen contaminados. De allí beben los perros, los chilcos, los espinos, las gaviotas. Invisibles partículas de plástico se revuelven en el océano, atraviesan nuestros cuerpos y sedimentan, sin alimentarnos.

11 de septiembre

32

Entonces, como decía Glissant, la contrapoética, la dificultad mayor de la poesía, nace de la oposición entre la lengua que uso y el lenguaje que necesito.

33

Polifemo en su callejón sin salida: entre una mueca de desagrado y la envidia.

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Un horizonte de la mente
Wordsworth

Primero vi el país desde el cielo. Digo país como si dijera comarca, territorio deslindado por la propia naturaleza: la cordillera blanquísima a la derecha, el mar metálico a la izquierda y debajo de mí. Estoy suspendido, volando hacia el norte. Todo sucede en tan sólo un par de segundos y de pronto estoy en tierra, cabalgando, sí, cabalgando un caballo alazán que galopa firme sobre el verdor. Entonces me doy cuenta que voy adentrándome peligrosamente en una zona fría y deshabitada, así que decido volver, volver hacia el sur. Me mantengo junto al litoral hasta que doy con un angosto camino de piedras que se interna tierra adentro. En una curva me encuentro con otro jinete, no nos saludamos, sólo nos miramos al pasar uno al lado del otro, pero inmediatamente nos detenemos, giramos y nos ponemos a conversar como si, todavía sin conocernos, ya fuéramos amigos. Presiento que él proviene de un poblado cercano. Me siento alegre y muy despierto. Es todo lo que recuerdo del sueño que tuve anoche, la madrugada del primero de octubre de 2018.

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Por hacer un símil con mi propia situación, una situación o trance de desamor, de decepción profunda, es decir que parte de una decepción ante mí mismo, yo diría que Chile vivió unos años de adolescencia y juventud, de sueños y fraternidad, de unión y combate, que fueron los años de la Unidad Popular, a los que siguió una época de adultez llagada, de traumas, de fracaso, de crimen de Estado, de los que salimos –no del todo, nunca del todo– hacia unos años de escepticismo y sospecha: los desiertos del alma. Allí, sobre alguno de esos gruesos cables negros que tarjan el horizonte, el mar, el cielo, las montañas, todo el paisaje a la redonda, canta un ave a las 6:20 de la mañana, un ave cuyo plumaje a esa hora es de un color aún indistinguible pero cuyo canto sin duda quiebra el aire en todos los colores posibles. ¿Sabremos seguir ese canto, hacia donde sea que nos lleve? Porque escuchar no es atender ni analizar, escuchar es seguir, seguir a ciegas un camino, sabiendo que si abres los ojos e intentas controlar el rumbo, entonces todo se habrá perdido. Y aun así, por paradójico que resulte, es preciso renunciar al cálculo, a la autosuficiencia y la seguridad, con tal de recobrar aquel sueño, esa hermandad, este combate.

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El conocimiento, la ciencia en su sentido antiguo, se estima en base a la conciencia de la propia ignorancia. Lo desconocido y lo incontrolable son siempre más vastos. La Vida es más grande que mi vida, por eso es que yo no daría la Vida por mi vida, al contrario, daría mi vida por la Vida.
La fisura llamada hibris es una caída en la confusión entre potencia y poder. La poesía no es poder, es potencia, pero no la potencia como mera calidad de lo posible sino como 1: cofluencia y entendimiento, 2: acción y voluntad, y 3: generación y memoria.

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Pienso en mis amigos y en que a veces me tardo un poco en entender lo que me han dicho. Días, semanas, meses incluso.

38

Desde el punto de vista del logro social capitalista, no tengo dónde caerme muerto, pero tengo, sí, cómo levantarme vivo.

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Hasta el momento, 45 años después, el magnicidio del presidente Salvador Allende sigue siendo un crimen perfecto. Pero en realidad no es el tiempo transcurrido lo que debiera sorprendernos, pues conforme más tiempo pasa, más se solidifica la impunidad. Así se va haciendo la historia, de crímenes naturalizados, de mentiras que se vuelven irrefutables ante la aparente falta de evidencias contrarias. La historia se va haciendo de olvido y conformismo, de imposiciones y miedos que van empequeñeciendo cada vez más lo que podría, lo que debería haber de común en el llamado sentido común. La historia humana, en todo lo que ella tiene de poder destructivo, consiste precisamente en esta normalización de la injusticia.

jueves, 14 de febrero de 2019

NAMÚN CHOIQUE


Paralaje –transcribo del diccionario– procede del griego παράλλαξις: parállaxis, que significa cambio o diferencia, y consiste en ‘la variación aparente de la posición de un objeto, especialmente un astro, al cambiar la posición del observador’. En sentido figurado se refiere a todo cambio de perspectiva, de un mismo sujeto o entre diversos sujetos. En el Ulises, por ejemplo, Joyce utiliza la palabra, creo que en más de una ocasión. Como sabemos, en esa novela, o engendro o monstruo digamos mejor, el relato cambia de foco varias veces: Leopold, Stephen, Molly, y episódicamente varios otros personajes. Como principio constructivo y deconstructivo de realidad, la paralaje tiene harto en común con lo que los legos retenemos del famoso principio de incertidumbre: que si conoces la posición del electrón ya no puedes conocer su velocidad, y viceversa. El observador modifica lo observado. Lo mismo ocurre con las cámaras, salvo que estén ocultas; lo que grabas es la conducta de la persona cuando sabe que está siendo grabada.

Pero vuelvo a los astros, a los verdaderos astros. Por una cuestión de paralaje cultural llamamos Cruz del Sur –también en otras lenguas: Cruzeiro do Sul, Southern Cross, Croix du Sud, Croce del Sud, y así– a esa constelación cuyo eje, si lo proyectamos por lo que vendría a ser su base, nos permite identificar a simple vista el polo sur celeste. Digo paralaje porque en mapudungún es otra la imagen, se le llama Namún Choique, es decir, Pata de Ñandú. Aquí el eje lo formaría el talón y la garra del dedo mayor, mientras que el travesaño correspondería a los dedos laterales estabilizadores. Demás está decir que todo esto es catasterismo: ni la cruz es tan cruz, ni los ñandús apoyan el talón. Aunque quizá no está demás decirlo pues lo que pone de manifiesto no necesariamente es tan obvio, y además es algo crucial en toda paralaje cultural o política o psicosocial o moral: las cosas se pueden ver de muchas formas, hasta el inquietante y a veces perturbador límite en el que lo que uno ve tiene poco o nada que ver con lo que otro ve. Cruz, pata de ñandú o, por qué no, volantín, etc.

Ahora, todo esto nos conduce de lleno al conflicto sobre la verdad. Hay circunstancias en las que no podemos admitir paralaje: violaciones a los derechos humanos son lo que son, no se pueden justificar; un abuso sexual es o no es, si una persona dijo no, no quiero, la otra no puede invertir el sentido a su gusto, o si por cualquier razón la víctima estaba inconsciente o no era capaz de manifestar su pleno consentimiento, entonces no es otra cosa que abuso y no puede relativizarse. Otro caso: ¿ha sido legal y legítimo el enriquecimiento de ciertas personas cuando estas han desfalcado instituciones públicas o han profitado de la información privilegiada de un cargo público, cuando al amparo de una dictadura han privatizado empresas nacionales o han llevado a cabo, en democracia, ocultas colusiones monopolizantes? Aquí tampoco hay paralaje.

De hecho, la distancia que va de Cruz del Sur a Namún Choique no es sólo una cuestión de simbología. Es la expresión viva de un colonialismo mental que no sé hasta qué punto pueda ser desenmarañado. No digo que haya que darse por vencido ni naturalizar lo que, por lento que se mueva en lo tocante a sus estructuras de poder profundas, es historia social. Pero el lenguaje no se establece por decreto… aunque, veamos, ¿puede llamarse realmente democrático a un país cuya Constitución fue maquinada en plena dictadura militar? Algunos dirán que sí. ¿Cómo? Pues por decreto.

Yo vivo, por ejemplo, en una ciudad que se llama Valdivia, por Pedro Urdemales por supuesto. Los habitantes indígenas de estas riberas se llamaban ainiles. Ainil Leufu, o más castellanizado, Ainilebu era el nombre del río, o más bien de una parte del río ya que si remontamos aguas arriba llegamos hasta el lago Lacar en Argentina, en cualquier caso Ainileufú nombra una sección mucho mayor que la del actual río Valdivia. Entre el apellido de un conquistador cruento y ladrón, y ‘río transparente’, caramba, no hay dónde perderse. Lo mismo con Cruz del Sur y Namún Choique: por más que la cruz pueda considerarse en un sentido meramente geométrico, no cabe duda de que todo el mundo la asocia inmediatamente, aunque sea a un nivel inconsciente, con el patíbulo de hace dos milenios. La mapuche, en cambio, y lo digo ciñéndome a este caso, sin idealizar, es una expresión hermosa, compara una de las constelaciones más visibles con la huella de una de las aves más grandes. A mi gusto, aquí tampoco hay por dónde perderse.

Que estoy llevando la discusión a un terreno puramente nominal, siendo que lo importante se juega a un nivel más profundo y más concreto –me digo yo mismo en esta paralaje de contradicciones y alterdicciones que es pensar. Es un riesgo, sí, pero no podemos olvidar que el nombre que damos a las cosas, el modo en que las llamamos o las configuramos, las constituye en gran medida.

De Curicó hacia el sur, Namún Choique es circumpolar, es decir, no se oculta tras el horizonte en ningún momento de la noche. Ni en Estados Unidos ni en Europa es visible; Joyce nunca la vio. Si miramos un mapamundi al revés –¡por los dioses!, ¿qué quiere decir ese ‘al revés’?– pareciera que se aprecian mejor dos obviedades: que la mayoría de las tierras emergidas se hallan en el hemisferio norte, y que Chile y Argentina son los dos países más australes. Ahora que, de madrugada, miro la oscuridad total del cielo y del violento Océano Pacífico, imagino allá, del otro lado, las islas de Nueva Zelanda donde Namún Choique es conocida, en idioma maorí, con el nombre de Te Punga: El Ancla.



domingo, 3 de febrero de 2019

Canícula

Canícula derramada sobre las aguas. Desde la orilla hasta el horizonte, veo el mar de la altura de un cuerpo. Hacia la cintura hay un revuelo de pelícanos, cormoranes y gaviotas zambulléndose, y de tanto en tanto un par de lobos que se asoman. Fiesta de la pesca.

En la playa se juega otra fiesta: una multitud de quitasoles de los seis primeros colores, jóvenes que cruzan la playa corriendo hacia el mar, padres caminando lentamente por la orilla con sus hijos pequeños de la mano. De pronto, una vaharada de mariguana me envuelve y pasa. Más allá un familión está sentado alrededor de un parlante que esparce la música de fondo que decidieron ponerle a la playa: trap, cuál otra podía ser, estamos hablando del verano de 2019. Afortunadamente el espacio abierto y el oleaje se encargan de devolvernos a pocos metros de allí un rumor democrático y anónimo parecido a la alegría.

Es paradójica la alegría de los veraneantes, todo lo que da en forma de desprendimiento y ligereza lo quita en forma de basura, una basura realmente generosa, digamos como mínimo unos tres objetos plásticos o metálicos por persona. La fiesta se va, pero la basura queda. No se puede ocultar que nuestra felicidad es mezquina.

Me acompañan dos perros negros que no sé llamar míos. Varias veces me han preguntado quién es el dueño de esos perros. ¿El dueño?, no sé, viven en la cuesta, les respondo. Yo también vivo en la cuesta y les doy alimento y agua todos los días, pero no, no me pertenecen.

De uno a diez, diría que hace un calor entre ocho y nueve. El agua, eso sí, está heladísima; es una delicia el contraste. Subo luego al camino y por allí regreso a mi cabaña. No es de veraneo, vivo en ella todo el año. En el balcón, tomando agua, escribo estas líneas directamente en el computador. Estas anotaciones son algo así como mi diario, si no fuera porque son más bien mensuales. No quiero lastrarlas con esos enfurruñamientos de moralista de periódico, aunque admito que el placer y la crítica, los acuerdos y los desacuerdos con el mundo se alternan y terminan entremezclándose. Así vivimos el tiempo que nos toca, no hay otra crónica posible.

Ya casi es de noche. Sólo queda, sobre los cerros de Corral, una franja apenas dorada, de un color entre arena y lodo, y más arriba un celeste en rápida transición hacia el azul que nos cubre. Se ve Orión y durante algunos segundos, un satélite que lo cruza de la cabeza hasta los pies.


Niebla

ALBRICIA Y ALBEDRÍO La aventura de la consciencia en Elsa Morante, poeta   A la memoria incalculable de cada niño muerto en las guerra...