Hace 130 años que las tropas chilenas abandonaron Lima, dando por
nominalmente finalizada la Guerra del Pacífico. Tacna, eso sí, no será liberada
hasta 1929. Por lo demás, no hace falta abundar en la magnitud de la ocupación,
basta decir que el estado chileno se ha armado a partir de los recursos del
subsuelo del territorio ocupado, “el sueldo de Chile”, pese a que el principal
beneficio se lo han llevado sin duda los capitalistas extranjeros –paradoja
cruel, y no la única–. Poseídos por la necesidad de justificar la violencia en
que se funda y se enfunda el sistema, la posición en bloque de los últimos
cinco gobiernos chilenos ha sido la de no dar acceso soberano al mar a Bolivia
ni mucho menos realizar ningún tipo de concesión al Perú, aparte del muelle peruano
de Arica y de lo recientemente dictado en La Haya. Los resultados de la guerra
se quieren irrevocables. Lo que se robó, robado está. O como el mensaje de
tranquilidad y concordia que lanzó la hija de no sé qué alto funcionario de la
Fifa a propósito de la organización del torneo mundial de este año: “lo que
podía ser robado, ya se robó”!
Política de hechos consumados, statu quo (statu cuervo), fatalismo
de la ventaja. Objetividad = 0; intersubjetividad = 0; egoísmon
Si ahora Chile elevara los impuestos a las empresas mineras
foráneas, pongamos por caso, a los capitalistas estadounidenses, y vinieran los
gringos a hacernos la guerra, ocuparan a perpetuidad todo el desierto de
Atacama y, de paso, se hospedaran a bazucazos en Santiago, se quedaran allí
unos cuantos años y luego se marcharan, no sin haber robado y bebido a destajo
ni sin haber violado a un número indeterminado de personas, si una catástrofe
así ocurriera, cuesta trabajo creer que algún habitante de este
país-pasillo llegara algún día a admitir como legítimas las consecuencias de
esa virtual invasión. La política de los hechos consumados y el statu quo solo
corren cuando se está del lado vencedor; no hay conservador de la desventaja,
lo que mueve a conservación a una clase o grupo siempre son los privilegios que
derivan de su propia situación
G., oriundo de Puente
Alto - Concepción, dice: Vencedoras son sólo familias que forman parte
de la oligarquía, vencidas las oligarcas del otro país, claro, pero sobre todo
los pueblos de ambos lados de la frontera, por las violaciones y muertes
sucesivas ocurridas en una guerra generada por intereses privados bajo el
pretexto de un interés “nacional”
Se me dirá que es demencial intentar revertir la historia porque
eso desencadenaría un ajuste infinito de cuentas, y sin embargo nadie podría
negar el impacto nocivo y decisivo, “subdesarrollador”, que tuvieron en la vida
de los únicos dos países mediterráneos de América, Bolivia y Paraguay, la
Guerra del Pacífico y la de la Triple Alianza en donde los ejércitos de Brasil,
Argentina y Uruguay acabaron con más de la mitad de la población paraguaya;
todo eso sin entrar a considerar la Guerra del Chaco
Curiosamente –otra paradoja–, las acciones de guerra más
recordadas del, digamos, imaginario cultural chileno, son el
hundimiento de La Esmeralda, la batalla de La Concepción, el desastre de
Rancagua, o sea, derrotas, derrotas flagrantes. El fuego que en ellas se
conmemora y venera, se dice, es el del honor y la valentía, “vivir con honor o
morir con gloria”, “la victoria o la inmortalidad”, etc. Este último lema, de
hecho, lo pone casualmente de manifiesto: la victoria que condujo a la
ocupación de Lima no es inmortal, ni gloriosa ni mucho menos honorable,
mientras que el relato de las derrotas pareciera decir la comunidad, aunque
desde un fracaso aparente o desde la transposición de sus límites
Son dos cosas: por una parte, para la buena conciencia
histórica el sacrificio resulta más memorable que una invasión, con todo
su rosario negro de asesinatos, robos, ultrajes, incendios…; por cierto, tal
vez a algunos les parezca de mal gusto recordar la sangre derramada, o peor, un
incentivo a la violencia, pero yo creo que no tiene sentido temer a la memoria
del presente y que el núcleo argumentativo de la territorialidad, estatal más
que plurinacional, es precisamente el desconocer o bien el eufemismar la
historia. El sacrificio, en cambio, resulta ejemplar e irreprochable, además
que los que se sacrifican son los trabajadores y no los ideólogos de la guerra. No
hay forma de brindar legitimidad a una guerra expansionista por 10 centavos, ya
que ese es finalmente el núcleo de la argumentación chilena: que el famoso
impuesto de 10 centavos por quintal de salitre era inaceptable para las
inversiones anglo-chilenas en Antofagasta y que, por decirlo así, la migración
de chilenos al litoral boliviano, lejos de detenerse, no podía sino volverse
masiva y sistemática, “nos empujaron a la guerra” será la frase que condense el
borroso y frágil punto de apoyo etnocéntrico de la posición chilena, un cliché
al que hoy también recurre Netanyahu en sus declaraciones sobre la ocupación de
Palestina
La otra parte es esta: la guerra del Pacífico, así como la
ocupación de la Araucanía, establecieron la legitimidad de la posesión del
territorio a través de una relativización (en este caso, no relacional) de la
noción misma de territorio, es decir, tal como lo indica el título del
testimonio del veterano Arturo Benavides Santos, esa guerra fueron Seis
años de vacaciones. Él se refiere al hecho de que dejó el colegio con 14
años para marchar hacia el Perú y, en ese sentido, ironiza con que se
encontraba en un viaje de vacaciones inigualable. El título refleja la
pedantería de quien se cree vencedor. Pero también atestigua el hecho de que
para gran parte de los soldados chilenos la campaña de ocupación constituyó su
primera y en muchos casos única “visita y estancia” en el Perú. Fue una larga
errancia invasora por mar, desierto y sierra, que, repito, junto a la ocupación
de la Araucanía, acabó de performar el territorio neocolonial obtenido en la
guerra de independencia, un territorio sobre el que el estado centralista
reclamará soberanía en base a lo que se conoce como derechos de conquista y
herencia de sangre derramada
Dejando ahora entre paréntesis su misión evangélica, el SICSAL,
Servicio Internacional Cristiano de Solidaridad con América Latina Óscar
Romero, revela con justeza y justicia la estrechez de miras de la política
exterior chilena –reproducida por la política interna en cuestiones como la
Constitución, la inmunidad de los oligarcas, el apartheid de clases, la
subremuneración, etcétera de bloqueos que también buscan subdesarrollar y
prohibir el acceso al mar–: “ Si Chile se
niega al diálogo por una salida al mar de Bolivia: ¿acudirá, entonces, a una
acción bélica, aumentando los presupuestos militares en mayor detrimento del
pueblo? ¿Continuará Chile importando carbón y gas desde otros continentes, en
circunstancias que puede traerlo desde Bolivia? ¿Por qué no se puede convertir
a Arica en territorio internacional, lo
que además contribuiría a superar su decadencia? No se puede olvidar que el 70%
de la carga del puerto de Arica es boliviana y en Iquique es del 49%.”
A.,
oriundo de Arica, dice: Difícil
el asunto considerando que el símbolo y orgullo de los ariqueños es el morro,
que se ve apenas sales a la ventana, y considerando que por otra parte las
grandes tradiciones de baile y canto nos hacen rememorar que ese lugar
fue peruano, desde la comida, la cultura, las palabras que se
usan, el color de la piel, los carnavales… que en ese sentido, antes de
esta guerra, Chile no tenía ni arte ni parte en esa tradición, llegaba hasta
Copiapó y ya está
En este como en otros conflictos se imponen con cada vez mayor
urgencia soluciones que pasan por aprender a compartir un territorio, unos
recursos, una economía: región internacional, estado plurinacional, federación
de estados o comunidades autónomas, educación multilingüe… Dos procesos
aparentemente contrapuestos se hallan en marcha, por un lado la necesidad
subrayada por el presidente uruguayo Pepe Mujica de colaborar en la formación
de bloques regionales que permitan márgenes de negociación con las potencias
mundiales y finalmente independencia real a, en nuestro caso, las sociedades
sudamericanas; y por otro, la necesidad de reconocer la diversidad cultural
“interna” de Sudamérica, respetar su libertad y alentar su desarrollo íntegro,
lo que implica no repetir en la región ni en cada país en particular las mismas
tácticas expansionistas, neocoloniales, explotadoras, acaparadoras, es decir,
no reproducir el imperialismo ni perpetuar sus consecuencias a escala media ni
pequeña. Aunque apoyada en un falso relativismo una élite reclame ser dueña del
territorio, dueña incluso para vender a empresas privadas vastas extensiones de
tierra y océano, relativizar el territorio es lo contrario, debiera recuperar
otros sentidos de lo relativo, partiendo por admitir y respetar y
valorar las presencias humanas históricas, lo que hace y constituye a las
relaciones, y también, la transmisión de movimiento entre relatos de tierras
diferentes—
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