martes, 5 de agosto de 2014

la re la re la relación

Hace 130 años que las tropas chilenas abandonaron Lima, dando por nominalmente finalizada la Guerra del Pacífico. Tacna, eso sí, no será liberada hasta 1929. Por lo demás, no hace falta abundar en la magnitud de la ocupación, basta decir que el estado chileno se ha armado a partir de los recursos del subsuelo del territorio ocupado, “el sueldo de Chile”, pese a que el principal beneficio se lo han llevado sin duda los capitalistas extranjeros –paradoja cruel, y no la única–. Poseídos por la necesidad de justificar la violencia en que se funda y se enfunda el sistema, la posición en bloque de los últimos cinco gobiernos chilenos ha sido la de no dar acceso soberano al mar a Bolivia ni mucho menos realizar ningún tipo de concesión al Perú, aparte del muelle peruano de Arica y de lo recientemente dictado en La Haya. Los resultados de la guerra se quieren irrevocables. Lo que se robó, robado está. O como el mensaje de tranquilidad y concordia que lanzó la hija de no sé qué alto funcionario de la Fifa a propósito de la organización del torneo mundial de este año: “lo que podía ser robado, ya se robó”!

Política de hechos consumados, statu quo (statu cuervo), fatalismo de la ventaja. Objetividad = 0; intersubjetividad = 0; egoísmon

Si ahora Chile elevara los impuestos a las empresas mineras foráneas, pongamos por caso, a los capitalistas estadounidenses, y vinieran los gringos a hacernos la guerra, ocuparan a perpetuidad todo el desierto de Atacama y, de paso, se hospedaran a bazucazos en Santiago, se quedaran allí unos cuantos años y luego se marcharan, no sin haber robado y bebido a destajo ni sin haber violado a un número indeterminado de personas, si una catástrofe así ocurriera, cuesta trabajo creer que algún habitante de este país-pasillo llegara algún día a admitir como legítimas las consecuencias de esa virtual invasión. La política de los hechos consumados y el statu quo solo corren cuando se está del lado vencedor; no hay conservador de la desventaja, lo que mueve a conservación a una clase o grupo siempre son los privilegios que derivan de su propia situación

G., oriundo de Puente Alto - Concepción, dice: Vencedoras son sólo familias que forman parte de la oligarquía, vencidas las oligarcas del otro país, claro, pero sobre todo los pueblos de ambos lados de la frontera, por las violaciones y muertes sucesivas ocurridas en una guerra generada por intereses privados bajo el pretexto de un interés “nacional”

Se me dirá que es demencial intentar revertir la historia porque eso desencadenaría un ajuste infinito de cuentas, y sin embargo nadie podría negar el impacto nocivo y decisivo, “subdesarrollador”, que tuvieron en la vida de los únicos dos países mediterráneos de América, Bolivia y Paraguay, la Guerra del Pacífico y la de la Triple Alianza en donde los ejércitos de Brasil, Argentina y Uruguay acabaron con más de la mitad de la población paraguaya; todo eso sin entrar a considerar la Guerra del Chaco

Curiosamente –otra paradoja–, las acciones de guerra más recordadas del, digamos, imaginario cultural chileno, son el hundimiento de La Esmeralda, la batalla de La Concepción, el desastre de Rancagua, o sea, derrotas, derrotas flagrantes. El fuego que en ellas se conmemora y venera, se dice, es el del honor y la valentía, “vivir con honor o morir con gloria”, “la victoria o la inmortalidad”, etc. Este último lema, de hecho, lo pone casualmente de manifiesto: la victoria que condujo a la ocupación de Lima no es inmortal, ni gloriosa ni mucho menos honorable, mientras que el relato de las derrotas pareciera decir la comunidad, aunque desde un fracaso aparente o desde la transposición de sus límites

Son dos cosas: por una parte, para la buena conciencia histórica  el sacrificio resulta más memorable que una invasión, con todo su rosario negro de asesinatos, robos, ultrajes, incendios…; por cierto, tal vez a algunos les parezca de mal gusto recordar la sangre derramada, o peor, un incentivo a la violencia, pero yo creo que no tiene sentido temer a la memoria del presente y que el núcleo argumentativo de la territorialidad, estatal más que plurinacional, es precisamente el desconocer o bien el eufemismar la historia. El sacrificio, en cambio, resulta ejemplar e irreprochable, además que los que se sacrifican son los trabajadores y no los ideólogos de la guerra. No hay forma de brindar legitimidad a una guerra expansionista por 10 centavos, ya que ese es finalmente el núcleo de la argumentación chilena: que el famoso impuesto de 10 centavos por quintal de salitre era inaceptable para las inversiones anglo-chilenas en Antofagasta y que, por decirlo así, la migración de chilenos al litoral boliviano, lejos de detenerse, no podía sino volverse masiva y sistemática, “nos empujaron a la guerra” será la frase que condense el borroso y frágil punto de apoyo etnocéntrico de la posición chilena, un cliché al que hoy también recurre Netanyahu en sus declaraciones sobre la ocupación de Palestina

La otra parte es esta: la guerra del Pacífico, así como la ocupación de la Araucanía, establecieron la legitimidad de la posesión del territorio a través de una relativización (en este caso, no relacional) de la noción misma de territorio, es decir, tal como lo indica el título del testimonio del veterano Arturo Benavides Santos, esa guerra fueron Seis años de vacaciones. Él se refiere al hecho de que dejó el colegio con 14 años para marchar hacia el Perú y, en ese sentido, ironiza con que se encontraba en un viaje de vacaciones inigualable. El título refleja la pedantería de quien se cree vencedor. Pero también atestigua el hecho de que para gran parte de los soldados chilenos la campaña de ocupación constituyó su primera y en muchos casos única “visita y estancia” en el Perú. Fue una larga errancia invasora por mar, desierto y sierra, que, repito, junto a la ocupación de la Araucanía, acabó de performar el territorio neocolonial obtenido en la guerra de independencia, un territorio sobre el que el estado centralista reclamará soberanía en base a lo que se conoce como derechos de conquista y herencia de sangre derramada

Dejando ahora entre paréntesis su misión evangélica, el SICSAL, Servicio Internacional Cristiano de Solidaridad con América Latina Óscar Romero, revela con justeza y justicia la estrechez de miras de la política exterior chilena –reproducida por la política interna en cuestiones como la Constitución, la inmunidad de los oligarcas, el apartheid de clases, la subremuneración, etcétera de bloqueos que también buscan subdesarrollar y prohibir el acceso al mar–: “ Si Chile se niega al diálogo por una salida al mar de Bolivia: ¿acudirá, entonces, a una acción bélica, aumentando los presupuestos militares en mayor detrimento del pueblo? ¿Continuará Chile importando carbón y gas desde otros continentes, en circunstancias que puede traerlo desde Bolivia? ¿Por qué no se puede convertir a Arica en territorio internacional, lo que además contribuiría a superar su decadencia? No se puede olvidar que el 70% de la carga del puerto de Arica es boliviana y en Iquique es del 49%.”


A., oriundo de Arica, dice: Difícil el asunto considerando que el símbolo y orgullo de los ariqueños es el morro, que se ve apenas sales a la ventana, y considerando que por otra parte las grandes tradiciones de baile y canto nos hacen rememorar que ese lugar fue peruano, desde la comida, la cultura, las palabras que se usan, el color de la piel, los carnavales… que en ese sentido, antes de esta guerra, Chile no tenía ni arte ni parte en esa tradición, llegaba hasta Copiapó y ya está


En este como en otros conflictos se imponen con cada vez mayor urgencia soluciones que pasan por aprender a compartir un territorio, unos recursos, una economía: región internacional, estado plurinacional, federación de estados o comunidades autónomas, educación multilingüe… Dos procesos aparentemente contrapuestos se hallan en marcha, por un lado la necesidad subrayada por el presidente uruguayo Pepe Mujica de colaborar en la formación de bloques regionales que permitan márgenes de negociación con las potencias mundiales y finalmente independencia real a, en nuestro caso, las sociedades sudamericanas; y por otro, la necesidad de reconocer la diversidad cultural “interna” de Sudamérica, respetar su libertad y alentar su desarrollo íntegro, lo que implica no repetir en la región ni en cada país en particular las mismas tácticas expansionistas, neocoloniales, explotadoras, acaparadoras, es decir, no reproducir el imperialismo ni perpetuar sus consecuencias a escala media ni pequeña. Aunque apoyada en un falso relativismo una élite reclame ser dueña del territorio, dueña incluso para vender a empresas privadas vastas extensiones de tierra y océano, relativizar el territorio es lo contrario, debiera recuperar otros sentidos de lo relativo, partiendo por admitir y respetar y valorar las presencias humanas históricas, lo que hace y constituye a las relaciones, y también, la transmisión de movimiento entre relatos de tierras diferentes— 



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