Canícula derramada sobre las
aguas. Desde la orilla hasta el horizonte, veo el mar de la altura de un
cuerpo. Hacia la cintura hay un revuelo de pelícanos, cormoranes y gaviotas
zambulléndose, y de tanto en tanto un par de lobos que se asoman. Fiesta de la
pesca.
En la playa se juega otra fiesta:
una multitud de quitasoles de los seis primeros colores, jóvenes que cruzan la
playa corriendo hacia el mar, padres caminando lentamente por la orilla con sus
hijos pequeños de la mano. De pronto, una vaharada de mariguana me envuelve y
pasa. Más allá un familión está sentado alrededor de un parlante que esparce la
música de fondo que decidieron ponerle a la playa: trap, cuál otra podía ser,
estamos hablando del verano de 2019. Afortunadamente el espacio abierto y el
oleaje se encargan de devolvernos a pocos metros de allí un rumor democrático y
anónimo parecido a la alegría.
Es paradójica la alegría de los
veraneantes, todo lo que da en forma de desprendimiento y ligereza lo quita en
forma de basura, una basura realmente generosa, digamos como mínimo unos tres
objetos plásticos o metálicos por persona. La fiesta se va, pero la basura
queda. No se puede ocultar que nuestra felicidad es mezquina.
Me acompañan dos perros negros
que no sé llamar míos. Varias veces me han preguntado quién es el dueño de esos
perros. ¿El dueño?, no sé, viven en la cuesta, les respondo. Yo también vivo en
la cuesta y les doy alimento y agua todos los días, pero no, no me pertenecen.
De uno a diez, diría que hace un
calor entre ocho y nueve. El agua, eso sí, está heladísima; es una delicia el contraste. Subo
luego al camino y por allí regreso a mi cabaña. No es de veraneo, vivo en ella
todo el año. En el balcón, tomando agua, escribo estas líneas directamente en
el computador. Estas anotaciones son algo así como mi diario, si no fuera
porque son más bien mensuales. No quiero lastrarlas con esos enfurruñamientos de
moralista de periódico, aunque admito que el placer y la crítica, los acuerdos
y los desacuerdos con el mundo se alternan y terminan entremezclándose. Así
vivimos el tiempo que nos toca, no hay otra crónica posible.
Ya casi es de noche. Sólo queda,
sobre los cerros de Corral, una franja apenas dorada, de un color entre arena y
lodo, y más arriba un celeste en rápida transición hacia el azul que nos cubre.
Se ve Orión y durante algunos segundos, un satélite que lo cruza de la cabeza
hasta los pies.
Niebla
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