Paralaje –transcribo del diccionario– procede
del griego παράλλαξις: parállaxis, que significa cambio o diferencia, y
consiste en ‘la variación aparente de la posición de un objeto, especialmente
un astro, al cambiar la posición del observador’. En sentido figurado se
refiere a todo cambio de perspectiva, de un mismo sujeto o entre diversos
sujetos. En el Ulises, por ejemplo,
Joyce utiliza la palabra, creo que en más de una ocasión. Como sabemos, en esa
novela, o engendro o monstruo digamos mejor, el relato cambia de foco varias
veces: Leopold, Stephen, Molly, y episódicamente varios otros personajes. Como
principio constructivo y deconstructivo de realidad, la paralaje tiene harto en
común con lo que los legos retenemos del famoso principio de incertidumbre: que
si conoces la posición del electrón ya no puedes conocer su velocidad, y
viceversa. El observador modifica lo observado. Lo mismo ocurre con las cámaras,
salvo que estén ocultas; lo que grabas es la conducta de la persona cuando sabe
que está siendo grabada.
Pero vuelvo a los astros, a los verdaderos
astros. Por una cuestión de paralaje cultural llamamos Cruz del Sur –también en
otras lenguas: Cruzeiro do Sul, Southern Cross, Croix du Sud, Croce del Sud, y
así– a esa constelación cuyo eje, si lo proyectamos por lo que vendría a ser su
base, nos permite identificar a simple vista el polo sur celeste. Digo paralaje
porque en mapudungún es otra la imagen, se le llama Namún Choique, es decir,
Pata de Ñandú. Aquí el eje lo formaría el talón y la garra del dedo mayor,
mientras que el travesaño correspondería a los dedos laterales estabilizadores.
Demás está decir que todo esto es catasterismo: ni la cruz es tan cruz, ni los
ñandús apoyan el talón. Aunque quizá no está demás decirlo pues lo que pone de
manifiesto no necesariamente es tan obvio, y además es algo crucial en toda
paralaje cultural o política o psicosocial o moral: las cosas se pueden ver de
muchas formas, hasta el inquietante y a veces perturbador límite en el que lo
que uno ve tiene poco o nada que ver con lo que otro ve. Cruz, pata de ñandú o,
por qué no, volantín, etc.
Ahora, todo esto nos conduce de lleno
al conflicto sobre la verdad. Hay circunstancias en las que no podemos admitir
paralaje: violaciones a los derechos humanos son lo que son, no se pueden
justificar; un abuso sexual es o no es, si una persona dijo no, no quiero, la
otra no puede invertir el sentido a su gusto, o si por cualquier razón la
víctima estaba inconsciente o no era capaz de manifestar su pleno
consentimiento, entonces no es otra cosa que abuso y no puede relativizarse.
Otro caso: ¿ha sido legal y legítimo el enriquecimiento de ciertas personas
cuando estas han desfalcado instituciones públicas o han profitado de la
información privilegiada de un cargo público, cuando al amparo de una dictadura
han privatizado empresas nacionales o han llevado a cabo, en democracia,
ocultas colusiones monopolizantes? Aquí tampoco hay paralaje.
De hecho, la distancia que va de Cruz
del Sur a Namún Choique no es sólo una cuestión de simbología. Es la expresión
viva de un colonialismo mental que no sé hasta qué punto pueda ser desenmarañado.
No digo que haya que darse por vencido ni naturalizar lo que, por lento que se
mueva en lo tocante a sus estructuras de poder profundas, es historia social. Pero
el lenguaje no se establece por decreto… aunque, veamos, ¿puede llamarse realmente democrático a un país cuya Constitución fue maquinada en plena dictadura
militar? Algunos dirán que sí. ¿Cómo? Pues por decreto.
Yo vivo, por ejemplo, en una ciudad
que se llama Valdivia, por Pedro Urdemales por supuesto. Los habitantes
indígenas de estas riberas se llamaban ainiles. Ainil Leufu, o más castellanizado,
Ainilebu era el nombre del río, o más bien de una parte del río ya que si
remontamos aguas arriba llegamos hasta el lago Lacar en Argentina, en cualquier
caso Ainileufú nombra una sección mucho mayor que la del actual río Valdivia. Entre
el apellido de un conquistador cruento y ladrón, y ‘río transparente’, caramba,
no hay dónde perderse. Lo mismo con Cruz del Sur y Namún Choique: por más que
la cruz pueda considerarse en un sentido meramente geométrico, no cabe duda de
que todo el mundo la asocia inmediatamente, aunque sea a un nivel inconsciente,
con el patíbulo de hace dos milenios. La mapuche, en cambio, y lo digo
ciñéndome a este caso, sin idealizar, es una expresión hermosa, compara una de
las constelaciones más visibles con la huella de una de las aves más grandes. A
mi gusto, aquí tampoco hay por dónde perderse.
Que estoy llevando la discusión a un
terreno puramente nominal, siendo que lo importante se juega a un nivel más
profundo y más concreto –me digo yo mismo en esta paralaje de contradicciones y
alterdicciones que es pensar. Es un riesgo, sí, pero no podemos olvidar que el
nombre que damos a las cosas, el modo en que las llamamos o las configuramos,
las constituye en gran medida.
De Curicó hacia el sur, Namún Choique
es circumpolar, es decir, no se oculta tras el horizonte en ningún momento de
la noche. Ni en Estados Unidos ni en Europa es visible; Joyce nunca la vio. Si miramos un mapamundi
al revés –¡por los dioses!, ¿qué quiere decir ese ‘al revés’?– pareciera que se
aprecian mejor dos obviedades: que la mayoría de las tierras emergidas se hallan
en el hemisferio norte, y que Chile y Argentina son los dos países más
australes. Ahora que, de madrugada, miro la oscuridad total del cielo y del violento
Océano Pacífico, imagino allá, del otro lado, las islas de Nueva Zelanda donde Namún
Choique es conocida, en idioma maorí, con el nombre de Te Punga: El Ancla.
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