jueves, 14 de febrero de 2019

NAMÚN CHOIQUE


Paralaje –transcribo del diccionario– procede del griego παράλλαξις: parállaxis, que significa cambio o diferencia, y consiste en ‘la variación aparente de la posición de un objeto, especialmente un astro, al cambiar la posición del observador’. En sentido figurado se refiere a todo cambio de perspectiva, de un mismo sujeto o entre diversos sujetos. En el Ulises, por ejemplo, Joyce utiliza la palabra, creo que en más de una ocasión. Como sabemos, en esa novela, o engendro o monstruo digamos mejor, el relato cambia de foco varias veces: Leopold, Stephen, Molly, y episódicamente varios otros personajes. Como principio constructivo y deconstructivo de realidad, la paralaje tiene harto en común con lo que los legos retenemos del famoso principio de incertidumbre: que si conoces la posición del electrón ya no puedes conocer su velocidad, y viceversa. El observador modifica lo observado. Lo mismo ocurre con las cámaras, salvo que estén ocultas; lo que grabas es la conducta de la persona cuando sabe que está siendo grabada.

Pero vuelvo a los astros, a los verdaderos astros. Por una cuestión de paralaje cultural llamamos Cruz del Sur –también en otras lenguas: Cruzeiro do Sul, Southern Cross, Croix du Sud, Croce del Sud, y así– a esa constelación cuyo eje, si lo proyectamos por lo que vendría a ser su base, nos permite identificar a simple vista el polo sur celeste. Digo paralaje porque en mapudungún es otra la imagen, se le llama Namún Choique, es decir, Pata de Ñandú. Aquí el eje lo formaría el talón y la garra del dedo mayor, mientras que el travesaño correspondería a los dedos laterales estabilizadores. Demás está decir que todo esto es catasterismo: ni la cruz es tan cruz, ni los ñandús apoyan el talón. Aunque quizá no está demás decirlo pues lo que pone de manifiesto no necesariamente es tan obvio, y además es algo crucial en toda paralaje cultural o política o psicosocial o moral: las cosas se pueden ver de muchas formas, hasta el inquietante y a veces perturbador límite en el que lo que uno ve tiene poco o nada que ver con lo que otro ve. Cruz, pata de ñandú o, por qué no, volantín, etc.

Ahora, todo esto nos conduce de lleno al conflicto sobre la verdad. Hay circunstancias en las que no podemos admitir paralaje: violaciones a los derechos humanos son lo que son, no se pueden justificar; un abuso sexual es o no es, si una persona dijo no, no quiero, la otra no puede invertir el sentido a su gusto, o si por cualquier razón la víctima estaba inconsciente o no era capaz de manifestar su pleno consentimiento, entonces no es otra cosa que abuso y no puede relativizarse. Otro caso: ¿ha sido legal y legítimo el enriquecimiento de ciertas personas cuando estas han desfalcado instituciones públicas o han profitado de la información privilegiada de un cargo público, cuando al amparo de una dictadura han privatizado empresas nacionales o han llevado a cabo, en democracia, ocultas colusiones monopolizantes? Aquí tampoco hay paralaje.

De hecho, la distancia que va de Cruz del Sur a Namún Choique no es sólo una cuestión de simbología. Es la expresión viva de un colonialismo mental que no sé hasta qué punto pueda ser desenmarañado. No digo que haya que darse por vencido ni naturalizar lo que, por lento que se mueva en lo tocante a sus estructuras de poder profundas, es historia social. Pero el lenguaje no se establece por decreto… aunque, veamos, ¿puede llamarse realmente democrático a un país cuya Constitución fue maquinada en plena dictadura militar? Algunos dirán que sí. ¿Cómo? Pues por decreto.

Yo vivo, por ejemplo, en una ciudad que se llama Valdivia, por Pedro Urdemales por supuesto. Los habitantes indígenas de estas riberas se llamaban ainiles. Ainil Leufu, o más castellanizado, Ainilebu era el nombre del río, o más bien de una parte del río ya que si remontamos aguas arriba llegamos hasta el lago Lacar en Argentina, en cualquier caso Ainileufú nombra una sección mucho mayor que la del actual río Valdivia. Entre el apellido de un conquistador cruento y ladrón, y ‘río transparente’, caramba, no hay dónde perderse. Lo mismo con Cruz del Sur y Namún Choique: por más que la cruz pueda considerarse en un sentido meramente geométrico, no cabe duda de que todo el mundo la asocia inmediatamente, aunque sea a un nivel inconsciente, con el patíbulo de hace dos milenios. La mapuche, en cambio, y lo digo ciñéndome a este caso, sin idealizar, es una expresión hermosa, compara una de las constelaciones más visibles con la huella de una de las aves más grandes. A mi gusto, aquí tampoco hay por dónde perderse.

Que estoy llevando la discusión a un terreno puramente nominal, siendo que lo importante se juega a un nivel más profundo y más concreto –me digo yo mismo en esta paralaje de contradicciones y alterdicciones que es pensar. Es un riesgo, sí, pero no podemos olvidar que el nombre que damos a las cosas, el modo en que las llamamos o las configuramos, las constituye en gran medida.

De Curicó hacia el sur, Namún Choique es circumpolar, es decir, no se oculta tras el horizonte en ningún momento de la noche. Ni en Estados Unidos ni en Europa es visible; Joyce nunca la vio. Si miramos un mapamundi al revés –¡por los dioses!, ¿qué quiere decir ese ‘al revés’?– pareciera que se aprecian mejor dos obviedades: que la mayoría de las tierras emergidas se hallan en el hemisferio norte, y que Chile y Argentina son los dos países más australes. Ahora que, de madrugada, miro la oscuridad total del cielo y del violento Océano Pacífico, imagino allá, del otro lado, las islas de Nueva Zelanda donde Namún Choique es conocida, en idioma maorí, con el nombre de Te Punga: El Ancla.



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