La puerta de espesura al otro lado del puente, por donde sólo entraré
si dejo que la noche entre mí.
Voy a la ciudad río arriba y vuelvo a mi cabaña en la desembocadura. Entreveros
de luz en el follaje. Una fábrica de celulosa. Hostales. Un astillero. Parejas
de cisnes con sus polluelos a la espalda. Pasajeros de todas las edades y
canciones en castellano y en inglés.
‘Mondongo, mondonguito’, oigo a mi abuelo llamando a una perra blanca.
Camino con él hasta la entrada de una cantera junto al río. Las espaldas de los
edificios, desconchados y ahumados. ‘Yo no me tiraría aquí ni recantando’, dice,
riéndose al borde de una rampa de bicis y skates.
Ahora tomo un colectivo hacia el trabajo. Por la radio habla un tipo
que dice curar los males de los auditores que lo llaman por teléfono. El
conductor avisa: ‘hasta llegar a ellos’, y señala unas zapatillas que cuelgan
del tendido eléctrico. Me quedo con un grafiti sobre seis panderetas blancas: a lo mejor debiera callarme, pero no.
Hay calas que son como cabezas de gansos; arrayanes, ríos rojos; callecalles,
salpicaduras de espuma bordeando los caminos; a ras de suelo unas estrellas
blancas y unos erizos amarillos; y el sol llueve.
Ahora tomo un bus y tengo sueños veloces. ‘Buena suerte’, escucho decirme
una voz negra antes de los sueños veloces. ‘Fíate a lo negro’, me digo. –Oigo
unas voces tras la ventana, los miro entre las cortinas y me descubren.
‘Angelical’, se burlan. Entra uno de ojos claros y rostro pétreo asesino. Me
persiguen y corro cerro abajo. Me detengo, les disparo. –Segundo: Con unos amigos
visito el colegio donde estudié. Hablamos con un par de goliardos, un músico
chileno y un latinista alemán. Que lo aprenda autodidacto, me dice sin hablar el
latinista. –Tercero:
Y qué me dices del potrillo famélico con cara de cierta mujer rubia, mientras
yo, acaramelado con una gordita, era feliz en aquel puente y a mi casa vieja la
atravesaba el cielo. Despierto.
Río arriba, la ciudad destruida. No las pantallas sino los puentes. En
una de esas esquinas, la guitarra de una hija combate el ruido sordo de las
pantallas.
–¿A
qué hora sale el último de vuelta a Niebla?
–No
po, si somos nosotros, este bus es de acá de Valdivia.
Sigo yendo y sigo volviendo. El impulso por conocer nos lleva más allá
de nosotros mismos, siempre y cuando seamos realmente capaces de recibir. Balbuceo:
río arriba, la ciudad por venir. Cahuiles vuelan junto al bus que cruza el
puente, interceden por mí ante el cielo de fines de primavera para que no hunda
la cabeza en el veneno de un grupo que me maldice al pasar.
Y aquí, ¿quiénes son los jóvenes? Unos cuantos viejos dispersos. Sus verbos
nudosos crecen y se ramifican, arbóreas son también las arterias de sus
mejillas. Y las gaviotas dibujan árboles sobre las rompientes.
–El oído puso fin a la
desintonía, ¿leíste ese libro de Juan de Yepes?
–No sé si llegue a leerlo algún día pero me recuerda cuando la Pelirroja y yo nos besábamos frente al hospital y sonó el teléfono y era su padre desde la cueva de Asquenote.
–No sé si llegue a leerlo algún día pero me recuerda cuando la Pelirroja y yo nos besábamos frente al hospital y sonó el teléfono y era su padre desde la cueva de Asquenote.
Desde la playa el sol es más alto y cierto que desde el camino
costero. El roción se vuelve neblina junto al promontorio, una página en blanco
entre las playas. Encuentro un trozo de madera erosionada cuya fibra y nudos
tienen ahora la forma de la espuma. ‘Como el hueso de sepia que las olas
desvanecen poco a poco’, leí de Montale sentado a la turca sobre la arena. Un
cahuil alza vuelo justo antes que la ola lo cubra. De lejos huelo la hojarasca
de eucaliptos que un anciano está quemando a orillas del sendero hacia la
carretera. Leo las letras blancas en las ventanas de la micro que se detiene: no a la pesca de arrastre, jibia 100 %
artesanal.
La puerta de espesura al otro lado del puente y luego viene otro río y
luego otro, y de cada uno veo el zigzag entre las montañas. Abajo en la
corriente las estrellas trasvasijan de nosotros el amor, y en los oídos vacíos bebo
el agua de las palabras que sobrevivieron. Como habas y cebolla picada fina,
como aceite y cilantro y jugo de limón, como sal. El río es una lagartija, un agujero negro, un
dragón, un ojo izquierdo. Pero más fuerte y pura es el agua de las napas que
tomo ahora, en una tisana de quintral.
O anoche, con una amiga entre las rocas, el vino blanco de Javier de
Loncomilla. La vendimia de un corazón maduro me une a la ciudad destruida, soñada,
trabajada, verdeante. Un corazón maduro y las preguntas del azar. Orbitamos
alrededor de ella: nos aleja la misma fuerza que nos acerca. Así, aunque nunca
llegamos, siempre volvemos para amar y desunir.
El verdadero libro es el libro siguiente. Sin saber cuánto de broma
hay en una obra, me arrastro por la arena y en el cielo veo los signos de la
indagación, todo animal en mí, rugido, quejido, soplido, presiento lo que no
puedo decir, la boca llena de sal, mientras las estrellas revientan y nosotros,
que somos cuerpos sin luz, trasvasijamos agua en la sombra.
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