Psicopolítica. La persona que
sólo ve la parte violenta de la rebeldía y evita reconocer la legitimidad de la
protesta consciente y cívica en contra de la injusticia, asume que lo que
ocurre sólo son disturbios y vandalismo y estallidos pulsionales más propios de
bestias o alienígenas que de ciudadanos. El Estado, piensa, debe ejercer todo
su poder de coacción para acallar las manifestaciones y restablecer lo que
considera la paz, es decir, el statu quo. Omite que las manifestaciones
pacíficas son mucho más numerosas que los causantes de destrozos y saqueos;
omite que la mayor violencia es la desigualdad y la actual militarización y que
la única paz social es la que deriva de la justicia social; y omite también que
las demandas expresan la situación en la que se encuentra la mayoría de quienes
viven en Chile, incluidas muchas personas que piensan como él o ella a pesar de
compartir con los manifestantes una misma experiencia de desigualdad, para
todos evidente: costo de la vida privativo y endeudamiento crónico;
jubilaciones de pobreza y ahorros previsionales en manos de especuladores
privados; un sistema judicial que en muchas ocasiones asegura la impunidad de
los poderosos; atención sanitaria insuficiente o tardía o incluso inexistente;
enorme desigualdad en cuanto a las oportunidades y la calidad de la educación; privatización
del agua y sacrificio de comunidades y ecosistemas; todo atravesado por un
pacto social que en realidad no lo es, que no es verdaderamente un acuerdo ya
que se basa en una Constitución absolutamente ilegítima. No es cuestión de
solidaridad caritativa sino de consciencia de nuestra vida en común, de nuestra
interdependencia y, en un sentido crucial, de nuestra hermandad como seres
humanos. Esta consciencia no es un fenómeno puramente mental sino que exige una
conducta que sea consecuente con ella, acciones dirigidas hacia la vinculación
y la organización, trabajo colectivo y creativo, participación política,
empatía, tenacidad, razón y corazón.
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