El
título enlaza estos dos términos que son un poco contradictorios,
entre
lo sustantivo ‘concreto’ y lo espacial y leve que es el ‘azul’
Ennio Moltedo
Venía llegando a Chile después de unos días
fuera y un amigo me dio el pase para que escribiera algo sobre Ennio Moltedo en
una revista de la que formaba parte. Fui con mi amigo a la casa de uno de los
impulsores de la revista quien me prestó varios libros y me dio otros tantos. Generosa
invitación. Por mi parte estaba entusiasmado con la idea así que en tres días
leí los tres últimos libros de Ennio, publicados después de mi partida al
extranjero y que eran lo único que no conocía de su obra. Tomé algunas notas y
me puse a escribir, salieron unas cinco páginas. En principio, material más que
suficiente para un artículo que de hecho imaginaba más breve.
El problema es
que en esas cinco páginas bien poco era lo que hablaba de Ennio Moltedo y su
poesía, su prosa, su conversa. Me iba por las ramas de lo lindo, hablaba de la
vuelta a Chile, en el doble sentido del regreso y de las vueltas que me había
dado desde Valparaíso hasta Dalcahue; contaba algunos sueños sin decir que eran
sueños; y repasaba de refilón algunos encuentros y desencuentros que habían ido
puntuando el regreso a lugares en los que, en parte, me parecía no haber estado
nunca. Dentro de todo, esa extrañeza estaba prevista, pero del artículo sobre
Ennio Moltedo, nada definitivo. Y así fueron pasando los días, semanas y meses,
y acumulándose el sentimiento de deuda por lo que había comprometido. Lo que yo
quería –me fui dando cuenta– no era hablar sobre Moltedo sino volver a
conversar con Ennio, algo que había ocurrido al leer sus libros pero que al
igual que las conversaciones en vivo, al igual que la mayoría de las
conversaciones, no era materia de transcripción.
Por otra parte,
tal como pasaba en nuestras conversas durante sus últimos años, yo hablaba
mucho menos que él, y no porque él padeciera esa tendencia al monólogo que
aqueja a algunos escritores y otras personas más o menos públicas, sino porque
me gustaba escucharlo y por eso, de manera indeliberada, me dedicaba a
estimularlo a hablar. Dicen que la poesía anda acompañada pero no es verdad, la
poesía siempre anda sola, me dijo una vez cuando estábamos a punto de cruzar la
calle rumbo a su trabajo en una editorial universitaria ubicada frente al mar.
Puedo asegurar que una parte de esa frase me la dijo en una posición idéntica a
la de James Joyce en esa famosa fotografía en la que está con un pie en la
vereda y el otro suspendido a unos centímetros de pisar la calle. A diferencia
de Joyce, que no aparece mirando hacia la cámara, Ennio estaba con la cabeza
girada, mirándome, sin que yo supiera que mi memoria lo estaba fotografiando y
lo revelaría ahora, en este rollo de palabras.
La última vez que
fui a Valparaíso decidí ir a visitar su tumba en el cementerio Nº 1. Le
pregunté a un trabajador del cementerio, y no digo sepulturero porque no sé si
enterrar estaba entre sus tareas, si sabía dónde estaba la tumba de Ennio
Moltedo. No sabía así que se lo preguntó por walkie-talkie a uno de sus
compañeros, con gritos que el otro habría escuchado sin necesidad de ningún
otro transmisor que el aire silencioso de esa tarde de domingo, y luego me dio
unas señas equivocadas que me sirvieron para reconocer el recinto y alternar la
vista entre las inscripciones de apellidos españoles e italianos, el plan de la
ciudad y el océano. Después de rodearlo volví a la entrada donde otro
trabajador, por algún motivo este sí me pareció sepulturero, me indicó el
camino correcto.
Llegué al fin al
mausoleo de los Moltedo: tres generaciones de descendientes italianos, dos
paredes de nichos con sus respectivas inscripciones, al fondo una estatuilla de
la virgen y en el suelo otras inscripciones, entre ellas las de Ennio y su
esposa Rebeca. Sobre una repisa del fondo estaba el libro de su obra poética
incompleta. Observé el interior del mausoleo durante un rato, bajo un sol
intenso de primavera, y luego me crucé con dos personas que también habían ido
a visitar su tumba, supuse. Un hombre en la cincuentena, muy serio, de un
semblante incluso molesto, que se detuvo a sacarle una foto al mausoleo. Lo
miré un par de veces con la intención de saludarlo pero no me devolvió la
mirada. La otra visitante, que llegó cuando ya me iba, era una mujer de unos
cuarenta años, vestida de negro, delgada y atractiva. Se hizo ligeramente a un
lado, algo tímida y cabeza gacha, quise hablarle pero no me salió palabra.
¿Sería su hija? Me pareció que podía ser escritora, o en particular poeta,
tenía ese aire entre receptivo y frágil, como poblada, es decir, no solitaria,
aunque sola.
Veracidad y
libertad eran dos elementos imprescindibles en la visión que Ennio Moltedo
tenía de la poesía. Sin dicotomías mentales eso sí, no ‘esto o lo otro’ ni ‘una
de dos’, por ello escribió la exhortación ‘identifícate como un hombre de este
mundo’ pero a la vez reconocía que ‘uno podría decir “mi realidad no es de este
mundo”, porque trata de alguna manera de realizar un cambio, tomar los
elementos, transformarlos y ofrecer una visión nueva’. El autor de Concreto
Azul, un ancestro literario pero también un contemporáneo y un amigo que me
sobrevivirá. Los más jóvenes le decíamos Moltedi; la juventud y la vejez son
como tonalidades que se deslizan inadvertidamente en el lenguaje, intensidades correlativas.
Dos amigos se abrazan y es como escuchar al stalker de Tarkovski: lo que se
rigidiza, lo que se endurece se aproxima a la muerte, mientras que los signos
de lo viviente son su flexibilidad, su multiplicidad.
Hay grandes
palabras, el lectorio las conoce. Aquí no quiero usar grandes palabras. En
realidad, las palabras más que usarse nos hacen, somos ellas. ¿‘Poesía’ es una
gran palabra, una palabra mayor?, ¿o la inercia llamada normalidad hace que
sólo pueda referirse en forma irónica o con esa litote tan repetida: ‘no es
menor’? Las palabras, grandes o pequeñas según la paralaje. Precisarlas se
precisan; pero sobre todo se necesitan, unas a otras. Esa noche, después de la
visita al cementerio, otra bella y delgada mujer, vestida de rojo y negro –no
diré aquí su nombre pero moriré llamándola Natalia– frotó mi antebrazo con el
suyo y lo rasguñó, y así varias veces hasta que me dijo: ahora tienes el ojito
quebrado ahí arriba.
Entonces
comenzaron a retumbar de nuevo en mi cabeza los entuertos y los agravios que me
decían ‘hablas como un niño, hablas como un viejo, hablas como un loco, hablas
como una mujer, hablas como un libro, te deseo, te deseo lo peor’. Como qué
niño, replicaba yo, como qué viejo, como un loco según qué criterio, como cuál
mujer, como qué libro. Rumbo a lo peor
se titula un libro de Beckett en una lengua que no domino. Las lenguas no se
dominan, ni esta misma, que es la mía natal. El parlar materno que decía Dante;
el parlar materno nunca es literario, es poético. Me acordé de la vid Violeta
cuyo vino decía que al malo sólo el cariño lo vuelve puro y sincero, así que
devolví esa llamada que aparecía perdida en mi celular (¿en mi cuerpo?) y
felizmente un niño me respondió: ¡con quién rayos hablo yo! Lo anoto con signos
de exclamación no porque lo dijera gritando sino por su esmero en modular la
frase. Era el hijo del amigo que me invitó a escribir estas líneas, un niño
llamado Respiro en una lengua que no sé. Me reí solo en el paradero de micros –en
el fondeadero de pequeños que quieren ser grandes. Era ya la hora ideal para
escuchar el lenguaje real de los pájaros, antes del alba.
Habíamos cruzado
la ciudad en el auto del que yo creía un examigo pero bastaron un par de rones
azarosos para que nos diéramos cuenta de que habíamos exagerado la nota, la
nota del orgullo. Yo conduje, aunque todavía no tengo licencia, hasta que
llegamos a una cancha de tierra. Reíamos no me acuerdo de qué. Él telefoneó a
sus hijos y les avisó que estaba conmigo. Ahí comenzó la gaieté: me abrazó, puso su pierna derecha encima de mi pierna
derecha, alargó su chaqueta para cubrirnos. Entonces la corté, encendí el motor
y retrocedí. Al frente apareció otro auto con un par de ancianos. Unos cinco
minutos después estábamos en el comedor de su casa, me pareció así de breve
porque estábamos poderosamente borrachos. Acto seguido –siempre había querido
poner esa frase tan literaria en algún texto, esa frase tan no oral–, acto
seguido se marchó al segundo piso a preguntarles a sus hijos si acaso habían
visto sus lentes. Al rato reapareció en pelota. Ella, Natalia, venía detrás,
con polera y calzones.
Antes o en otro
tiempo –como gustéis– yo había andado por la costanera y entre la multitud vi a
una mujer, joven y rubia y bajita, la vi acodarse en la baranda de concreto
frente al mar y escuché su voz cantando a todo pulmón, alargándose en un color,
como una luz de sonido. Los rumores de la gente y el mar me impidieron entender
lo que decía; intenté reconstruir: ‘cantando lleno con palabras el mar del
corazón’. Pero no, no era eso. Rápidamente el cielo anunció tormenta y la marea
subió y rompió hasta ponerme de pie. Yo veía la mar enrojecida de Sófocles vía
Hölderlin vía Campos. Era mi amor, lo sabía aunque ni siquiera hubiéramos
cruzado una mirada. En el otro tiempo, en casa de él, el dueño del auto, vino
la otra ella semivestida y me besó, ‘ah’ se me salió y sonreí, pero aquí
intervino la puntuación dura, la barra más bien, más mal, su reproche, su
burla. ‘No cachai ni una weá’ me dijo y sentí vergüenza y pena y rabia por no
estar preparado para el órdago. Dos mujeres algo mayores que estaban sentadas
junto a la mesa del comedor me prestaron ropa para tapar mi falta de arrojo,
sabían que realmente la amaba y que ella era libre de estar con quien quisiera
cuando quisiera pero que burlarse estaba demás, era un poco cruel. Busqué una
pelota de vóleibol y empezamos a jugar con una de las mujeres mayores, no
menores. Era corpulenta, intentó quitármela y fue la alegría de nuevo. Se la
pasé a la otra y ella me la devolvió con agilidad y luego la chutée fuerte por
el umbral del pasillo. Pensándolo bien, menos mal que no cachaba ni una weá, si
no la consciencia me hubiese ahorcado.
Acto seguido me
largué. Prendí un cigarro en la escalera afuera de su casa y vi la sombra de un
gato en un peldaño, levanté la vista y lo encontré observándome desde el alero
de una casa. ‘Crítica y crónica’, me acordé de lo que entendí que me habían
pedido para estas líneas, ‘crítica y crónica’ iba pensando o más bien repitiendo
esas dos palabras sin tener idea clara de lo que podían significar y sobre todo
cómo se hacían, ‘crítica y crónica’, dos palabras esdrújulas, es todo lo que
sabía, que no es menor, pero por algún motivo lo único que les seguía, calada
tras calada, eran dos palabras graves: ‘prosa y poema’, granizo tras graznido,
el destello de esa imagen en el sur de Chile, un queltehue graznando en la
granizada. Entonces me acordé de un letrero que leí en un vagón del metro de
Santiago: ‘Esta luz indica qué ruta es este tren’. Podría haber dicho algo así
como ‘Esta luz indica cuál es la ruta de este tren’, pero no, la luz roja o
verde, vieja o joven, era la señal de la ruta que el tren es. No es que
tengamos o sigamos tal o cual camino, es que somos caminos. Crítica y crónica,
prosa y poema, gota a gota, granizo tras graznido. La escalera se me hizo tan
larga que acabé el cigarro antes de llegar al plan, así que apenas llegué al
plan encendí otro y recordé las palabras de Ennio que había leído durante la
tarde. Que al público le encanta escuchar porque así se evita la tortura de
leer, descifrar, entender, pensar. Que el libro debe presentarse solo. A Ennio
le cargaban los recitales, pero no los censuraba ni mucho menos, de hecho
accedió a venir a la presentación que hicimos de su poesía reunida en la feria
del libro de Viña del Mar. Hizo una excepción, y un detalle lo confirmó: se
fumó un cigarro, pese a que lo había dejado hacía años.
Me dirigí hacia el muelle, pasé la baranda metálica y me senté en el borde de concreto, al borde del azul. Abrí una lata de cerveza y observé seis gaviotas que flotaban entre las lanchas. Saqué una libreta negra con doce cuadraditos grises pegados en semicírculo sobre la tapa, en cada uno de ellos había un ojo dibujado con tinta azul. Busqué la fecha 6 de agosto 16, y comencé a leer:
Laura,
mi abuela paterna, ha muerto a las seis de la tarde, media hora después que
dejé su casa. Descansó. Los últimos días eran un sufrimiento continuo. En esas
casi seis horas que estuve en su casa, gimió, acezó, dijo algunas palabras:
‘dios mío’, ‘me duele’, y nos abrazamos, ella extendió su brazo derecho y me
acerqué hasta su cara y lo cerró sobre mi espalda, me dijo ‘Cláudio’ y también
‘gracias’, yo la besé varias veces en sus mejillas y le acaricié la cara y las
manos. Alcancé a contarle que sentí su presencia cuando estaba en mi
exdepartamento en Barcelona y que me dijo ‘óyeme’. Le leí una oración que dice
que somos unos errantes peregrinos y que hablaba del camino de la vida y de la
marcha, le dije que la amaba, que yo había aprendido mucho de ella y lo último
fue ‘chao abuelita, siempre juntos, nosotros siempre juntos’. Mi tía María
Eugenia me fue a dejar a la esquina a tomar micro. Llovía. Falleció cuando yo
venía en el bus Río Bueno-Valdivia, me lo dijo mi papá por teléfono cuando yo
iba en taxi, a una cuadra de la casa de mis abuelos maternos. Había hecho el
trayecto desde Los Notros 2015, Población Padre Tadeo 1, Río Bueno, hasta
Trumao 415, Población Teodoro Segovia, Las Ánimas, Valdivia.
El
velorio en la parroquia de calle Los Canelos. Afuera una queltehuita ha estado
los dos días y las tres noches empollando, y cada tanto grita llamando a su
compañero. Unos niños también traen a un cachorro negro de patas café. Los
bisnietos pequeños juegan a las escondidas bajo los aleros, o se tocan y se
dicen ‘congelado’. Una prima me entrega una rosa blanca de bordes rojos, para
que saludemos o despidamos (en mi corazón todo es umbral) a la abuelita en la
entrada de la iglesia y del cementerio. Linares, El Melí, El Peñal, Cumilahue
(estos tres en las inmediaciones del lago Ranco), Arquilhue, Pampa Negrón,
Folleco, Río Bueno, esas fueron las residencias de Laura Bascuñán Alvial.
Al
salir del velorio se despeja y sale el sol. La procesión pasa frente a su última
morada: Los Notros 2015. Hacemos un minuto de silencio; pasan bandadas de
ángeles salvajes. Somos más de setenta personas. Detrás de la carroza un grupo
va a pie, luego venimos los que la seguimos en auto. Me bajo para que suba la
tía Elena y mi prima María Elena –tía Manena le dice su sobrino– y camino,
caminamos. Comienzo a recordar los mejores momentos de la infancia alrededor de
la abuela y entre nosotros todos, y lloro por lo que creo perdido. En algún
momento un primo con el que nos distanciamos se acerca y caminamos juntos. Sólo
atino a pasarle la mano por la espalda al doblar una esquina. El transporte de
la urna desde la parroquia hasta la carroza y, después de la procesión, desde
aquélla hasta la iglesia y viceversa, lo hacen sus tres hijos y tres de sus
nietos: Juan, Hernán y Alberto; Javier, Luis y yo. Al lado van otros, el Willy,
el John, y otras nietas que elevan rosas a su paso por los umbrales (salidas y
entradas), María Elena, Yeimy, Teresa, Laura, Maritza, Brenda, Karen, Regina…
Es como me había dicho un día antes de su muerte un amigo, el memento mori: la
muerte de un ser querido, la de alguien especialmente cercano, nos recuerda que
vamos a morir, nos hace más humildes y nos permite reconciliarnos, aceptarnos a
nosotros mismos.
Al entrar al cementerio de Río Bueno había tres haces gruesos de luz bajando desde la nubes. A mi derecha, tomada del brazo y yo cubriendo con mi mano izquierda la suya, mi tía María Eugenia, ‘la bien nacida’; luego la tía Ruth Bustamante, prima de mi abuelo Sergio Gaete; en el otro borde su nieta, una joven de belleza innominada, una flor que nos endulzaba: tres generaciones de mujeres y yo, un hombre de 37 años. Le dije a mi tía ‘mire, una escalera de Jacob’, ‘ah, así se llama?’, ‘sí, esos rayos que están bajando entre las nubes’. Percibí el ligero asentimiento de cabeza de la señora Ruth, y la mirada de la chica, mi prima en no sé qué grado. Al llegar al fondo del paseo giramos a la derecha y seguimos recto hasta cruzar entre dos cipreses. Sobre la tumba de mi abuelo, cerca del río Bueno, sería depositada la urna de mi abuela. Les dije entonces, sintiendo la inminencia de la corriente allí abajo, detrás del cementerio, ‘este río antiguamente se llamaba río Wenu, que quiere decir Cielo en mapudungún, después, tal vez porque se parece, le pusieron Bueno’. Entremedio mi tía les había hablado de lo que yo hacía, que yo era poeta y había publicado pero que sobre todo era su sobrino y su amigo, la tía Ruth me preguntó ‘¿usted es poeta?’ y yo le respondí que sí en un hilo de voz y mirando al suelo. En algún momento ella me dijo que ojalá encontrara a una buena esposa, una mujer buena y trabajadora, y yo traducía: ya sabes, esto va para ti, y que fuéramos felices…
Entonces se
escuchó un disparo, lejos, por el sur. Me puse de pie, terminé mi cerveza y
empecé a caminar en dirección al terminal de buses. Allí esperaba encontrar un
sándwich de jamón queso y un asiento junto a la mañana. Caminando los umbrales
se entrelazan, la partida de mi abuela se entrelazaba con la de Ennio Moltedo,
con la de Ximena Rivera, con la de Pedro Montealegre, que murieron mientras
residía fuera. Tres poetas que lo dieron todo, gota a gota, granizo a graznido.
Con pensamiento, emoción; con misterio, claridad. Qué poco importan las
diferencias de estilo, cada voz es única y sin embargo de una boca sincera
nunca saldrá algo que no podamos entender más acá de las palabras.
Siento que el
oleaje del núcleo está subiendo, sube la marea y me desvío hacia otro lugar y
hacia otro tiempo, bajo por un camino de tierra para ser derribado por la
espuma, por la eternidad del día, las turbulencias, los sueños y las pesadillas
de la realidad. De pie sobre las crucetas, Neptuno el vigoroso viejo dice del
alto cielo: ‘bondad, justicia, fuerza y sabiduría’, y estamos firmes, tres en
cada barco, gente de otros ríos, de pie sobre travesaños más angostos que
nuestros pies. ‘Zeus anda fregando en tierra, ataca con petardos y retumbos el
odioso, no somos amigos aunque somos hermanos, pero bajo las peñas nos recibirá
nuestro otro hermano, bajo la arena mojada, en el baile de las cuevas, ahí nos
veremos, en el baile con los muertos’, dice el viejo Neptuno en uno de estos
sueños concretos.
Con ojos en el
escudo y armas enterradas en lugar secreto, está subiendo el estallido de ese
grito, del reconocimiento, de los ritmos vividos. Solo si nos tocamos unos a
otros sabemos quiénes somos. Creo, creo solamente, que allí en esa playa, sobre
unas delgadas rocas rojas aún calientes por el sol, veremos la estrella del
alba como un ave blanca flotando sobre el infinito océano de la noche. Sin
veneno.
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