domingo, 3 de noviembre de 2019


Humanización. Vuelvo a pensar en el sentido de esa palabra, en sus sentidos. Lo que se ha desencadenado en Chile este mes de octubre de 2019 es un movimiento masivo, decidido, hacia la humanización de nuestra sociedad. Nuestra especie nunca ha dejado de avanzar y de retroceder respecto a ese horizonte. Hay ocasiones en que lo recuerda, lo necesita con urgencia y se remece y despierta; y otras en que lo niega y se aleja de él o lo destruye, parece que lo destruye pero nunca lo logra del todo.

Es indestructible, y siempre vuelve. Se vuelven a romper los límites de una injusticia que se ha normalizado y se vuelve a crear un pasaje hacia la verdadera relación humana, sin que tampoco llegue nunca a realizarla del todo. Pero no por ello hay que desistir, al contrario, esto es como el poema Ítaca de Kavafis: así como la meta del viaje no es la vuelta a la ciudad natal sino el viaje mismo que la vida es, así también es el empuje colectivo hacia una vida más humana lo que no debemos nunca abandonar, aun cuando sepamos que sobre la tierra no hay paraíso.

Orden, paz, propiedad privada, repiten los que tienen más y también algunos que casi no tienen nada pero comparten con los primeros esa cosa llamada miedo, un miedo hipertrofiado a perder sus privilegios hipertrofiados o un miedo a ser excluido, todavía más, del orden impuesto por los acaparadores.

También está el escepticismo de los ácratas que no creen en el proceso constituyente ni en el más mínimo atisbo de posibilidad real de la democracia, una nueva Constitución les parece sólo un papel estéril y por ello se restan de la deliberación de los Cabildos. Tienen razón, la nueva Constitución no valdrá de nada si no la hacemos por vía asamblearia realmente participativa y si luego no tiene el poder de cambiar las reglas del juego y hacer efectivo un Estado social de derecho.

Pero más allá del miedo y el escepticismo hay una fuerza llamada dignidad, que nos reúne y nos hace derribar una parte del muro, aunque hasta ahora el muro en Chile sólo está agrietado y se tambalea. Este gobierno carece de legitimidad para encauzar (con z) el proceso constituyente, y como carga con la ineludible responsabilidad de personas muertas y otras que han sido gravemente heridas, el que debe ser encausado (con s) es el gobierno. Más de cuatro mil personas detenidas, más de mil heridos, más de cien con lesiones oculares.

Es importante recordar que el sufrimiento no es cuantificable, que una vez que se ha infligido daño la vida de las víctimas y sus familiares podrá ser reconstruida a través de su admirable entereza moral pero la experiencia misma del daño es irreversible, y nunca podrá ser olvidada. Este gobierno ha ordenado a policías y militares herir, una vez más, a la sociedad chilena, hecho que no podrá quedar impune y que nuestra inexorable reinvención como país impedirá que haya sido en vano.

La libertad se conquista, sí. ‘Nunca nos han regalado nada’, decía una profesora jubilada en el Cabildo de Educación este jueves 28 en el Colegio de Profesores de Valdivia. Necesitamos conversar, discutir, deliberar, todos lo saben pero nadie lo ha vivido realmente: la soberanía popular, que es la que hace que una democracia esté a la altura de su nombre, un gobierno del pueblo.

Entonces aparece el temor al caos y la fijación mental con Venezuela o Cuba, etcétera. En eso la derecha chilena y su hegemonía mediática han conseguido desarrollar en las consciencias de muchos chilenos una verdadera paranoia en torno a la debacle total que supuestamente significaría reconstituirnos democráticamente. Que el valor del trabajo de los trabajadores es el que dicta el empresariado, coludido con una buena parte de la clase política; que los que acaparan la riqueza se lo han ganado con juego limpio y porque son más esforzados y más inteligentes; y otras falacias argumentativas que no resisten un serio análisis científico y que en el plano ético no son más que una justificación del matonaje.

Personalmente no creo que deban dejar de existir los empresarios ni que se les deba negar el acceso, si así lo desean y ya que pueden costearlo, a una medicina y una educación privadas. El punto es que la salud y la educación públicas deben ser igualmente excelentes y dar cobertura a todos los ciudadanos. Por otra parte, ¿qué podría tener de autoritario asegurar el equilibrio de los ecosistemas, prohibir la privatización del agua y los minerales, y entender de una vez, como bien dicen los ecologistas, que los elementos naturales no son meros recursos que puedan ser explotados a destajo, ni siquiera por el Estado?

No se trata tampoco, como se quejan algunos, de dar gratis un bienestar a quien no pone nada de su parte. Una persona que después de décadas de trabajo llega al fin de su ciclo laboral tiene el derecho a una jubilación que le permita vivir su vejez con dignidad, no es una limosna del fisco. Por lo demás, los viejos deben ser incluidos y su experiencia debe ser escuchada, no han vivido inútilmente, su visión es valiosísima para una sociedad. De hecho, un senado –al margen de su validez en la estructura política venidera– debiera ser, desde su etimología, precisamente eso: un consejo de ancianos. Una sociedad que no escucha a sus ancianos está condenada a sumirse en todos los errores de la arrogancia.

Bueno, en parte es por eso que acabó produciéndose este reventón social impulsado por los jóvenes. Por lo que los griegos llamaban hibris: la desmesura de la soberbia. El muro que hay que derribar es ese, la hibris de un sistema político y económico abusivo en el que la única salida aparente es el individualismo. Dónde trabajas, cuánto ganas, cuál es tu horario, esa no es la vida, desde el momento en que lo asumes como datos iniciales de conversación te amarras a un programa existencial, sociopolítico, un cierto modo y tipo de relaciones, un incierto alcance o nulo alcance de tu ser como politikós (ciudadano, en griego moderno). Todxs somos políticxs, nadie está excluidx.

Yo vivo en una cabaña en Niebla, un barrio costero cercano a Valdivia. Soy un privilegiado, tengo un computador donde escribo esto, tengo algunos libros y por si fuera poco escucho la mar ahora mismo. Hace unas horas en el centro de Valdivia picaba el aire de tanta lacrimógena. No pretendo hablar por otros sino con otros. Es un pensar en voz alta y es como una continuación personal de las conversaciones y discusiones de estos últimos días, adonde vienen a desembocar, como se ha dicho muchas veces, estas últimas décadas. Es preciso que sigamos manifestándonos y que sigamos organizándonos, es imprescindible la unidad social para derribar ese muro que todos conocemos, no hay vuelta atrás, no hay normalización de la injusticia a la cual volver. Como decía un rayado: AHORA ES EL MOMENTO.

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